miércoles, julio 21, 2010

SIN TITULO IV


Estaba al borde del abismo, mirando con demasiado detenimiento las masas amorfas que danzaban en la lejanía. Algunas de éstas eran grotescas, mientras que otras simplemente eran indefinibles. Todas eran aterradoras en su naturaleza, y en lo que implicaba su existencia. La barrera que las separaba del mundo de los mortales, finalmente se quebró y pronto iban a ascender para sumergir la humanidad en penumbra y muerte. Una vez afuera de su prisión, iban a asfixiar la luz con su crueldad, manchando todo lo bueno con su malevolencia y odio.

Mientras continuaba mirando, incapaz de moverse, la nausea lo embargo y tuvo que vomitar incontrolablemente. La realidad lo abofeteo, pues comprendió que nadie iba a librarse de la marejada de muerte que ascendía de la fosa. Sollozando, se arrodillo lentamente en el borde, sin despegar la mirada del terror que estaba escalando lentamente las rocas, emitiendo sonidos inhumanos. Ahora si entiendo, se dijo así mismo, como tratando de obtener un poco de calma ante el inminente destino.

El cielo comenzó a oscurecerse, al tiempo que un silencio siniestro devoraba toda señal de vida. Todo estaba temblando, y aunque se encontraba a millas del pueblo más cercano, sabía que la gente estaba comenzando a entrar en pánico.

Uno de los habitantes del abismo finalmente alcanzo el borde. Su inmensidad era superada por el horror de su mirada y el odio que manaba de su piel nauseabunda. Se negó a bajar la mirada, desafiante en todo momento. La criatura lo miro con detenimiento, mientras que el resto de su raza salía del abismo, como expulsados por un volcán, oscureciendo el cielo en su totalidad. El calor del sol abandono el mundo, posiblemente huyendo de lo que estaba por suceder. José continuaba mirando al engendro, llorando como lo hacen los condenados a muerte.

I.J. Vázquez Torres ©

No hay comentarios.: