Los suspiros que provienen de lo profundo, el terror que viene de las sombras, el miedo a lo desconocido, y el horror creado por el mismo hombre. Entra a la caverna silenciosa, donde las sombras amorfas se mueven sigilosas, murmurando secretos mortales. Entra, y contempla el abismo, mientras este te mira a ti.
martes, mayo 10, 2011
HAY SANGRE EN LA NIEVE
Había una vez, en un lugar muy lejano rodeado de bosques vírgenes y ríos limpios, una hermosa ninfa. Una criatura cuyo hermoso rostro paralizaba cualquier alma que la contemplara. Ella era dueña de unos ojos de resplandor incomparables, que hipnotizaban al que los admirara, y llenaba de paz a quien los recordaba. Una damisela con una voz mágica, dulce como la miel y suave como la brisa de primavera. Cuando cantaba provocaba la envidia de los pajarillos y la adoración de los párvulos. De dicción impecable, y vocabulario extenso, capaz de conversar con todos sin resultar altanera ni insultante. Esta chica caminaba con la elegancia de los cisnes, deslumbrando a los caballeros y atrayendo la buena envidia del resto de las jóvenes. Realmente era una joven esplendorosa, a quien admiraba a lo lejos, consciente de la finitud de su hermosura. Era horrible pensar que los años en su crueldad, marchitarían su magnificencia. Y como me resultaba imposible pensar que con el pasar del tiempo terminaría su perfección, logre que dejara de envejecer en un acto de fe.
El Tiempo de la Cosecha
Cuando cerró la puerta, se pregunto a sí mismo si el día de hoy sería una repetición de las sesiones anteriores. Llevaba cuatro semanas atendiendo el caso que le hizo cuestionarse los parámetros de su profesión. ¿Realmente la empatía iba ayudar a que su cliente mejorará? ¿Era posible salvar esa alma con tan sólo fe en sus fortalezas? En la universidad le enseñaron a seguir sin cuestionar el dogma de Carl Rogers. Como evangelio le leyeron y le inculcaron la idea de que la aceptación incondicional junto a la empatía, funcionarían como bálsamo bendecido, y que todo cliente elegiría salir de su prisión psicológica. Y como feligrés ingenuo, lo tomo e integro a su vida como verdad absoluta e infalible. Hasta que inicio el proceso de terapia con Adele. Una dama de edad incierta y que aparentaba haber sido abandonada por las emociones. Alta, de cabellos abundantes y mirada despótica. Era difícil que hablara sin que hiciera alguna mueca, lo cual a veces distraía al experimentado psicólogo. Cuando Adele se sentó por primera vez en la butaca, lo miro fijo mientras le decía que no sabía por qué tenía que hablarle. Fue desagrado a primera vista, sin embargo su profesión le ordenaba que mirara más allá de la prepotencia.
Se miraron por varios minutos. Ella aparentaba total desinterés, y él se negaba a participar de su juego. Si deseaba silencio, se lo iba a otorgar. Cuando finalmente hablo, fue para hacerle el mismo comentario que llevaba haciendo por las últimas cuatro semanas.
- Me encanta tu sortija-. Un comentario que inicialmente ignoro por completo. Pero la intensidad del interés, y la insistencia por saber donde la había obtenido, lo llevo de la incomodidad hacia el desprecio.
-Adele, ¿Qué significa para ti la sortija-. Su intención era tornar en material terapéutico el interés casi enfermizo en su sortija. Adele era distinta a las demás pacientes. No le interesaba mucho el buscar alternativas ni explorar nuevos caminos. De los 50 minutos de la sesión perdía entre 5 y 6 minutos en negarse hablar, para luego perder otros 10 hablando de la sortija. El resto de la sesión se movía con asfixiante lentitud en un ejercicio de futilidad. Ella aparentaba moverse hacia adelante, pero cuando se percataba que estaba abriéndose, se tornaba hostil y exigente. Pero se negaba a claudicar, aun cuando estaba comenzando a perder la fe en el todopoderoso Rogers.
Ella guardo silencio, mirándolo fijamente con total desagrado. Aun estaba resentida por la sugerencia tan espantosa que le hizo en la sesión anterior. Tal vez, le dijo él, los demás están reaccionando a tu lenguaje corporal. Fue como una bofetada, pero guardo silencio. No iba a permitirse demostrar incomodidad ante su terapeuta.
-¿Qué significa la sortija para mí? ¿Qué pregunta es esa? Me gusta, nunca he visto una como la suya. Es un artefacto de lo más original. ¡Y mire que me he matado buscando una igual!-
Eso lo tomo por sorpresa. Se acomodo en su butaca y evitando revelar su molestia le pregunto a donde había ido a buscarla. A cuanta joyería hay en la ciudad, contesto ella sin ninguna emotividad. Mientras la escuchaba comenzó a sentirse caliente. La miro detenidamente, tratando de vislumbrar si Adele estaba bromeando, o si realmente llevaba un mes buscando una sortija idéntica a la suya.
-No pensé que te gustara tanto-, le dijo tratando de canalizar su desagrado.
-¿Gustarme? Me fascina. Es el pedazo de joyería más original que he visto. Y yo quiero una como la suya. No voy a parar hasta que la encuentre, y aunque tenga que sobregirar mis tarjetas de crédito, la voy a comprar-. Increíble, pensó mientras las palabras entraban en su mente. Y fue en ese instante que comprendió realmente la magnitud de la situación. Tantas preguntas raras, tantos comentarios, ella llevaba todo este tiempo tratando de averiguar donde él había comprado la sortija sin tener que preguntarle directamente.
-Hubiera sido más fácil preguntarme directamente donde la compre-.
Con una sonrisa sarcástica, ella le contesto que así no era divertido. Se miraron fijamente en silencio por varios minutos, en los cuales el calor se torno intenso. Miro su sortija y luego la miro a ella. Ahí, sentada en su silla como si fuera todopoderosa, haciéndole perder su tiempo. Se puso de pie y comenzó a gritarle. A decirle lo patética que era, que por alguna razón todos la habían abandonado. Que mejor abandonara toda esperanza de reconciliarse con sus hijos y fuera ahorrando dinero para mudarse a una egida en cuanto tuviera la edad. Que se preparara a una vejez en soledad.
Caminaba por la oficina con una ansiedad amenazante, enredando las vocales y confundiendo las palabras. Gesticulaba con las manos como si estuviera recibiendo descargas eléctricas, tropezándose con el aire. Llego el momento en que dejo de hacer sentido lo que decía, así que se sentó. Se aflojo la corbata para aliviar la presión que sentía en su garganta. Respiro profundo varias veces mientras se desabotonaba los primeros tres botones de su camisa. El silencio lo apretaba, haciéndole competencia al calor.
-Luis, ¿cómo te sientes ahora?- La miro como si fuese la primera vez que la veía. Confundido, miro a su alrededor, y se percato que no estaba en su oficina. La miro a ella y por alguna razón le miro las manos. Ahí, en el dedo índice, estaba su sortija. Se miro las manos, y noto que no llevaba la suya.
-Quiero que me devuelvas mi sortija-, le dijo con malevolencia en la voz. Ella toco un botón y entraron dos enfermeros gigantescos. Uno de ellos le toco delicadamente el hombro mientras lo invitaba a regresar a su cuarto.
La doctora entre al cuarto contiguo a su oficina. Ahí estaban sus estudiantes que estuvieron mirando todo por el cristal unidireccional. La primera pregunta que le hicieron fue sobre el origen del delirio del paciente. Esta les contesto que Luis fue un profesional de la salud mental.
-Entonces-, interrumpió uno, -¿de verdad él era sicólogo?-
La doctora bajo la mirada. Su corazón se inundo de lastima y dolor mientras recordaba cuando su colega era dueño de sus facultades, antes del derrumbe total de su psique. Antes de que se creara un mundo alterno de donde se negaba a salir, y ella era simplemente un fantasma más que adornaba su delirio.
-Sí. Luis era psicólogo. Estudiamos juntos y compartimos una oficina por varios años-.
-¿Qué le paso?- le pregunto la única fémina del grupo.
Consciente de que violentaba los principios de privacidad, les contesto que un día sin razón aparente, asesino a una paciente de la forma más salvaje posible. Cuando los enfermeros entraron en la oficina, lo vieron sentado en su butaca, bañado en sangre y hablando solo, mientras jugaba con una sortija, que le había quitado a la occisa. ¿La paciente se llamaba Adele?, le pregunto uno de los estudiantes. Lo miro fijo a los ojos, y luchando contra las lágrimas le contesto
-Adele era la hija de Luis. Llevaba meses desaparecida…la sortija que le quito a la paciente, era de ella-.
Iván J. Vázquez Torres ©
Se miraron por varios minutos. Ella aparentaba total desinterés, y él se negaba a participar de su juego. Si deseaba silencio, se lo iba a otorgar. Cuando finalmente hablo, fue para hacerle el mismo comentario que llevaba haciendo por las últimas cuatro semanas.
- Me encanta tu sortija-. Un comentario que inicialmente ignoro por completo. Pero la intensidad del interés, y la insistencia por saber donde la había obtenido, lo llevo de la incomodidad hacia el desprecio.
-Adele, ¿Qué significa para ti la sortija-. Su intención era tornar en material terapéutico el interés casi enfermizo en su sortija. Adele era distinta a las demás pacientes. No le interesaba mucho el buscar alternativas ni explorar nuevos caminos. De los 50 minutos de la sesión perdía entre 5 y 6 minutos en negarse hablar, para luego perder otros 10 hablando de la sortija. El resto de la sesión se movía con asfixiante lentitud en un ejercicio de futilidad. Ella aparentaba moverse hacia adelante, pero cuando se percataba que estaba abriéndose, se tornaba hostil y exigente. Pero se negaba a claudicar, aun cuando estaba comenzando a perder la fe en el todopoderoso Rogers.
Ella guardo silencio, mirándolo fijamente con total desagrado. Aun estaba resentida por la sugerencia tan espantosa que le hizo en la sesión anterior. Tal vez, le dijo él, los demás están reaccionando a tu lenguaje corporal. Fue como una bofetada, pero guardo silencio. No iba a permitirse demostrar incomodidad ante su terapeuta.
-¿Qué significa la sortija para mí? ¿Qué pregunta es esa? Me gusta, nunca he visto una como la suya. Es un artefacto de lo más original. ¡Y mire que me he matado buscando una igual!-
Eso lo tomo por sorpresa. Se acomodo en su butaca y evitando revelar su molestia le pregunto a donde había ido a buscarla. A cuanta joyería hay en la ciudad, contesto ella sin ninguna emotividad. Mientras la escuchaba comenzó a sentirse caliente. La miro detenidamente, tratando de vislumbrar si Adele estaba bromeando, o si realmente llevaba un mes buscando una sortija idéntica a la suya.
-No pensé que te gustara tanto-, le dijo tratando de canalizar su desagrado.
-¿Gustarme? Me fascina. Es el pedazo de joyería más original que he visto. Y yo quiero una como la suya. No voy a parar hasta que la encuentre, y aunque tenga que sobregirar mis tarjetas de crédito, la voy a comprar-. Increíble, pensó mientras las palabras entraban en su mente. Y fue en ese instante que comprendió realmente la magnitud de la situación. Tantas preguntas raras, tantos comentarios, ella llevaba todo este tiempo tratando de averiguar donde él había comprado la sortija sin tener que preguntarle directamente.
-Hubiera sido más fácil preguntarme directamente donde la compre-.
Con una sonrisa sarcástica, ella le contesto que así no era divertido. Se miraron fijamente en silencio por varios minutos, en los cuales el calor se torno intenso. Miro su sortija y luego la miro a ella. Ahí, sentada en su silla como si fuera todopoderosa, haciéndole perder su tiempo. Se puso de pie y comenzó a gritarle. A decirle lo patética que era, que por alguna razón todos la habían abandonado. Que mejor abandonara toda esperanza de reconciliarse con sus hijos y fuera ahorrando dinero para mudarse a una egida en cuanto tuviera la edad. Que se preparara a una vejez en soledad.
Caminaba por la oficina con una ansiedad amenazante, enredando las vocales y confundiendo las palabras. Gesticulaba con las manos como si estuviera recibiendo descargas eléctricas, tropezándose con el aire. Llego el momento en que dejo de hacer sentido lo que decía, así que se sentó. Se aflojo la corbata para aliviar la presión que sentía en su garganta. Respiro profundo varias veces mientras se desabotonaba los primeros tres botones de su camisa. El silencio lo apretaba, haciéndole competencia al calor.
-Luis, ¿cómo te sientes ahora?- La miro como si fuese la primera vez que la veía. Confundido, miro a su alrededor, y se percato que no estaba en su oficina. La miro a ella y por alguna razón le miro las manos. Ahí, en el dedo índice, estaba su sortija. Se miro las manos, y noto que no llevaba la suya.
-Quiero que me devuelvas mi sortija-, le dijo con malevolencia en la voz. Ella toco un botón y entraron dos enfermeros gigantescos. Uno de ellos le toco delicadamente el hombro mientras lo invitaba a regresar a su cuarto.
La doctora entre al cuarto contiguo a su oficina. Ahí estaban sus estudiantes que estuvieron mirando todo por el cristal unidireccional. La primera pregunta que le hicieron fue sobre el origen del delirio del paciente. Esta les contesto que Luis fue un profesional de la salud mental.
-Entonces-, interrumpió uno, -¿de verdad él era sicólogo?-
La doctora bajo la mirada. Su corazón se inundo de lastima y dolor mientras recordaba cuando su colega era dueño de sus facultades, antes del derrumbe total de su psique. Antes de que se creara un mundo alterno de donde se negaba a salir, y ella era simplemente un fantasma más que adornaba su delirio.
-Sí. Luis era psicólogo. Estudiamos juntos y compartimos una oficina por varios años-.
-¿Qué le paso?- le pregunto la única fémina del grupo.
Consciente de que violentaba los principios de privacidad, les contesto que un día sin razón aparente, asesino a una paciente de la forma más salvaje posible. Cuando los enfermeros entraron en la oficina, lo vieron sentado en su butaca, bañado en sangre y hablando solo, mientras jugaba con una sortija, que le había quitado a la occisa. ¿La paciente se llamaba Adele?, le pregunto uno de los estudiantes. Lo miro fijo a los ojos, y luchando contra las lágrimas le contesto
-Adele era la hija de Luis. Llevaba meses desaparecida…la sortija que le quito a la paciente, era de ella-.
Iván J. Vázquez Torres ©
La Oficina
Estaba hastiado de tanta ingratitud y de que sus esfuerzos fueran constante y completamente descartados. Cada día era un martirio detrás del otro, lleno de injurias difíciles de olvidar. Sin embargo le faltaba voluntad, además de carecer de la autoestima suficiente para quejarse, mucho menos darse a respetar. Así que guardaba silencio en todo momento, mientras su jefe iba dictándole las instrucciones del nuevo día como si fuera una receta de cocina, aprovechando la oportunidad para recordarle sus errores junto a sus mediocridades. Esto es insultante, pensaba cuando escuchaba sus supuestas insuficiencias. ¿Acaso todo lo que hago es basura? Su jefe, al notar que su empleado no estaba totalmente presente, le grito con total malicia en el oído. El brinco de su cobarde empleado fue tal, que desato un ataque de risas en el tirano. Un sonido áspero y flemoso, secuelas de los palillos de cáncer que consumía como si no hubiera un mañana.
Que buen cabrón es, pensaba al tiempo que trataba de aquietar sus salvajes latidos. Siempre lo mismo, se repetía mientras lo miraba con desdén, cuestionándose porque se acobardaba ante su presencia. Mientras tanto, el dictador tomo asiento al tiempo que le indicaba con el dedo que se acercara. Un gesto descortés que le incomodo con mayor intensidad que en otras ocasiones. En los años que llevaba en la empresa, nunca lo invitaba a sentarse. Lo trataba como se retrataba, como un gusano sin voluntad que no era merecedor de un trato cortés.
Con cada paso se preguntaba cual era la razón para su mansedumbre enfermiza, recordándose a sí mismo que él era un profesional, que era dueño de un resume deslumbrante. Que alguien con su preparación y su experiencia debía estar sentado en la silla de supervisor, repartiendo instrucciones. Pero la verdad era otra. La verdad era que vivía humillado continuamente por un troglodita que se enorgullecía de a penas tener un cuarto año. Se detuvo detrás de su jefe, como ya estaba acostumbrado, y continuo escuchando la lista de deberes que le esperaba.
-Oye atentamente, ya sabes lo mucho que me enoja tener que repetirte las cosas-. Sin tomar aire comenzó a detallar cada paso de las funciones que tenía que realizar ese día. Cada instrucción estaba acompañada por algún sarcasmo dirigido a su preparación académica, o recordarle que era un mero empleado de línea. Nuevamente una oleada de ansiedad empezó a subirle por la espalda, llenándolo de diminutos calambres, como si millones de insectos le estuvieran caminando por la piel. Necesitaba dejar de mirarlo si iba controlar la angustia que le mordía el alma, así que desvió su mirada al escritorio. Inmediatamente fue atraído por un objeto que por su belleza sobresalía del desorden que le rodeaba. Era una tijera.
La contemplo como si fuera la primera vez en su vida que miraba una tijera, como si fuera un objeto misterioso y enigmático. La observaba con total concentración, admirando el mango de plástico color azul marino, el largo y filoso metal. La tijera estaba inmaculada, revelando que nunca había sido usada. Además de abusador, su supervisor era una bestia. Cada vez que necesitaba cortar algo, prefería usar sus manos o gritarle a la diminuta secretaria.
Repentinamente, su corazón retorno al ritmo tormentoso de hacia unos minutos. Gruesas gotas de sudor le empezaron a mojar la espalda, mientras sentía una presión agobiante en el cuello. Miro a su odiado patrón, con la cara mal afeitada y los oídos llenos de cerilla. Esto es lo que me supervisa, pensó con asco. Un cerdo, un gran cerdo es lo que me supervisa.
Miro nuevamente la tijera, pensando que los metales eran inusualmente largos. Tan largos que si las enterrara en un cuello, lo atravesaría por completo. Regresó la mirada a su jefe, y examino detenidamente su cuello. Era delgado, sin tono muscular, con una diminuta línea de sucio adornándolo como si fuese un collar. Además de ignorante y puerco, su patrón era un debilucho que rehuía de todo esfuerzo físico.
El sudor brotaba con mayor intensidad, humedeciéndole los cabellos y quemándole los ojos. Trato de respirar con normalidad, pero le resultaba imposible. Los músculos de su cuello y su boca se endurecieron, al tiempo que trataba de ignorar los gruñidos de su estomago. Nuevamente dirigió su mirada hacia las hermosas tijeras, al tiempo que escuchaba a su jefe decir
-A ver si está vez haces bien tu trabajo, pedazo de mierda-.
Agarro las tijeras y las enterró en el cuello flacucho de su verdugo con tal fuerza que lo atravesó por completo. Un chorro gigantesco de color carmesí emergió de la letal herida, mojando todos los documentos del escritorio y las paredes circundantes. El agonizante comenzó a sacudirse, lleno de terror y dolor, produciendo una danza macabra que hizo reír al asesino. Bailo en su asiento por varios minutos hasta que finalmente quedo quieto, con la mirada de desesperación tallada en su rostro. Un mar de sangre manchaba todo el escritorio, inundando la oficina con un olor metálico. Se acerco para poder mirarlo con detenimiento, para admirar los resultados de su acción. Finalmente había descargado el rencor de tres años en un segundo, lo cual desato un ataque de risa, misma que paró en seco cuando su jefe lo llamo a gritos
-¡Gómez! ¡Gómez! Mierda Gómez, ¿otra vez soñando despierto? Joder hombre no en balde eres un inútil-
Perplejo, observo como las tijeras se movían mientras hablaba, y como más sangre brotaba de la boca del difunto. Cerró los ojos aterrado. El mundo intentaba escapársele, mientras una bola de ácido le subía por el estomago. Lucho para no vomitar, mientras se mojaba constantemente los labios para aliviar la resequedad de los mismos. Sus manos no paraban de temblar, y su corazón amenazaba con romperle el pecho.
Abrió los ojos, y ahí estaba el cerdo, vivo, mirándolo con repugnancia. No había ni una sola gota de sangre en todo el escritorio ni en las paredes. Con gran desespero busco con la mirada pero no encontró la tijera.
-Gómez, váyase a su casa. Creo que hoy no está en disposición de trabajar-.
Asintió con la cabeza, sintiendo como la derrota lo aplastaba. Dio media vuelta y se alejo, arrastrando los pies. Cuando estuvo en el umbral de la puerta escucho el chillo de su jefe pidiéndole que le devolviera su tijera. Se detuvo, el pánico subiendo por su pecho al tiempo que miraba su mano izquierda. Ahí, envuelta en sus dedos estaba la hermosa tijera con el mango azul marino.
-Es para hoy Gómez, vamos muévase ¿o necesita que le explique que significa que me devuelva la tijera?-.
-Si Pérez- contesto sin emoción, -le voy a devolver su tijera-.
Iván J. Vázquez Torres ©
Que buen cabrón es, pensaba al tiempo que trataba de aquietar sus salvajes latidos. Siempre lo mismo, se repetía mientras lo miraba con desdén, cuestionándose porque se acobardaba ante su presencia. Mientras tanto, el dictador tomo asiento al tiempo que le indicaba con el dedo que se acercara. Un gesto descortés que le incomodo con mayor intensidad que en otras ocasiones. En los años que llevaba en la empresa, nunca lo invitaba a sentarse. Lo trataba como se retrataba, como un gusano sin voluntad que no era merecedor de un trato cortés.
Con cada paso se preguntaba cual era la razón para su mansedumbre enfermiza, recordándose a sí mismo que él era un profesional, que era dueño de un resume deslumbrante. Que alguien con su preparación y su experiencia debía estar sentado en la silla de supervisor, repartiendo instrucciones. Pero la verdad era otra. La verdad era que vivía humillado continuamente por un troglodita que se enorgullecía de a penas tener un cuarto año. Se detuvo detrás de su jefe, como ya estaba acostumbrado, y continuo escuchando la lista de deberes que le esperaba.
-Oye atentamente, ya sabes lo mucho que me enoja tener que repetirte las cosas-. Sin tomar aire comenzó a detallar cada paso de las funciones que tenía que realizar ese día. Cada instrucción estaba acompañada por algún sarcasmo dirigido a su preparación académica, o recordarle que era un mero empleado de línea. Nuevamente una oleada de ansiedad empezó a subirle por la espalda, llenándolo de diminutos calambres, como si millones de insectos le estuvieran caminando por la piel. Necesitaba dejar de mirarlo si iba controlar la angustia que le mordía el alma, así que desvió su mirada al escritorio. Inmediatamente fue atraído por un objeto que por su belleza sobresalía del desorden que le rodeaba. Era una tijera.
La contemplo como si fuera la primera vez en su vida que miraba una tijera, como si fuera un objeto misterioso y enigmático. La observaba con total concentración, admirando el mango de plástico color azul marino, el largo y filoso metal. La tijera estaba inmaculada, revelando que nunca había sido usada. Además de abusador, su supervisor era una bestia. Cada vez que necesitaba cortar algo, prefería usar sus manos o gritarle a la diminuta secretaria.
Repentinamente, su corazón retorno al ritmo tormentoso de hacia unos minutos. Gruesas gotas de sudor le empezaron a mojar la espalda, mientras sentía una presión agobiante en el cuello. Miro a su odiado patrón, con la cara mal afeitada y los oídos llenos de cerilla. Esto es lo que me supervisa, pensó con asco. Un cerdo, un gran cerdo es lo que me supervisa.
Miro nuevamente la tijera, pensando que los metales eran inusualmente largos. Tan largos que si las enterrara en un cuello, lo atravesaría por completo. Regresó la mirada a su jefe, y examino detenidamente su cuello. Era delgado, sin tono muscular, con una diminuta línea de sucio adornándolo como si fuese un collar. Además de ignorante y puerco, su patrón era un debilucho que rehuía de todo esfuerzo físico.
El sudor brotaba con mayor intensidad, humedeciéndole los cabellos y quemándole los ojos. Trato de respirar con normalidad, pero le resultaba imposible. Los músculos de su cuello y su boca se endurecieron, al tiempo que trataba de ignorar los gruñidos de su estomago. Nuevamente dirigió su mirada hacia las hermosas tijeras, al tiempo que escuchaba a su jefe decir
-A ver si está vez haces bien tu trabajo, pedazo de mierda-.
Agarro las tijeras y las enterró en el cuello flacucho de su verdugo con tal fuerza que lo atravesó por completo. Un chorro gigantesco de color carmesí emergió de la letal herida, mojando todos los documentos del escritorio y las paredes circundantes. El agonizante comenzó a sacudirse, lleno de terror y dolor, produciendo una danza macabra que hizo reír al asesino. Bailo en su asiento por varios minutos hasta que finalmente quedo quieto, con la mirada de desesperación tallada en su rostro. Un mar de sangre manchaba todo el escritorio, inundando la oficina con un olor metálico. Se acerco para poder mirarlo con detenimiento, para admirar los resultados de su acción. Finalmente había descargado el rencor de tres años en un segundo, lo cual desato un ataque de risa, misma que paró en seco cuando su jefe lo llamo a gritos
-¡Gómez! ¡Gómez! Mierda Gómez, ¿otra vez soñando despierto? Joder hombre no en balde eres un inútil-
Perplejo, observo como las tijeras se movían mientras hablaba, y como más sangre brotaba de la boca del difunto. Cerró los ojos aterrado. El mundo intentaba escapársele, mientras una bola de ácido le subía por el estomago. Lucho para no vomitar, mientras se mojaba constantemente los labios para aliviar la resequedad de los mismos. Sus manos no paraban de temblar, y su corazón amenazaba con romperle el pecho.
Abrió los ojos, y ahí estaba el cerdo, vivo, mirándolo con repugnancia. No había ni una sola gota de sangre en todo el escritorio ni en las paredes. Con gran desespero busco con la mirada pero no encontró la tijera.
-Gómez, váyase a su casa. Creo que hoy no está en disposición de trabajar-.
Asintió con la cabeza, sintiendo como la derrota lo aplastaba. Dio media vuelta y se alejo, arrastrando los pies. Cuando estuvo en el umbral de la puerta escucho el chillo de su jefe pidiéndole que le devolviera su tijera. Se detuvo, el pánico subiendo por su pecho al tiempo que miraba su mano izquierda. Ahí, envuelta en sus dedos estaba la hermosa tijera con el mango azul marino.
-Es para hoy Gómez, vamos muévase ¿o necesita que le explique que significa que me devuelva la tijera?-.
-Si Pérez- contesto sin emoción, -le voy a devolver su tijera-.
Iván J. Vázquez Torres ©
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