martes, mayo 11, 2010

LOS DEDOS


Fue con sus diestros dedos que capturo su atención. Un consumado arquitecto de escultura en barro, que despertaba admiración en todos. Fue con esos mismos dedos, que la embrujo con su habilidad en el piano. Si, realmente era un genio. Con sus dedos le acaricio la mano antes de tomársela, y dirigirla por el hermoso valle del amor. Suaves, sorprendentemente suaves para un hombre que mostraba la capacidad de trabajar en todo. Y con esos dedos, trazo una línea por su lozano rostro, llenándola de suspiros y magia, de incertidumbre y deseos. Era una locura lo que amenazaba con devorarla si no hallaba una excusa para visitarlo o invitarlo a lo que fuese.

Con sus dedos, le tomo el mentón y la acerco a él. Con este gesto sellaban algo que sus latidos proscribían nombrar, por temor a perderlo. La beso. Suave como amanecer, dulce como la juventud. Sus labios atraparon los de ella, transformando el acto en desorden deseado. En una eternidad, sus almas se fusionaron mientras sus labios proseguían el masaje amoroso. Y mientras el beso se extendía, sus dedos la forraron de caricias tersas, las cuales ella iba guardando en su mente.

Con sus dedos, él pintaba mini-cuadros que le regalaba como si fueran parte de su ser. Paisajes utópicos que revelaban un alma noble y amorosa. Con sus dedos la ayudaba a relajarse con masajes extensos, mismos que ella aprendió a reciprocar. La llama de sus mimos era inextinguible.

Un día, sus dedos cruzaron el valle de su espalda, y con total certeza, la acerco a él. Su beso era uno ansioso y meloso, lleno de anticipación. Con sus dedos acaricio sus senos, que eran suaves y jugosos. Sus pulgares causaban descargas eróticas en ambos pezones, y ella se negaba a abrir los ojos. Con sus dedos, él fue trazando un camino desde su pecho hacia su pelvis, enviando señales lujuriosas por el cuerpo de su amada, hasta que llego a su meta. Y con sus dedos, comenzó a masajear su ya humedecida feminidad. Toques suaves. Toques lentos y serenos que luego se trasformaban en desesperados. Toques circulares que embadurnaban esos mágicos dedos en fluidos de ansiedad, hasta que finalmente el desespero la llevo a gritar que se dejara de pendejases y se lo metiera. Que la hiciera suya, que le entregara por completo eso que llevaba atrapado en sus pantalones. Que se lo iba a chupar, que lo iba a montar como nadie lo había hecho. Simplemente que se la follara como una bestia. Se amaron, se consumieron, se vinieron.

El tiempo paso, y con esos mismos dedos que tanto la hicieron amar, un día él la estrangulo.

I.J. Vázquez Torres ©

SUSPIROS


Te han mentido. Toda tu vida te han mentido. Una colección de engaños poéticos y patéticos que me hacen vomitar. Todos aquellos que te han dicho que somos seres hermosos, llenos de amor, capaces de toda la gama de las emociones humanas; te ha mentido. No importa el medio artístico que esta horda de arribistas y embusteros utilice. Anne Rice te ha mentido. Stephenie Meyer también te ha mentido, pero ella es peor embustera que la anterior. Es peor pues te ha vendido…te ha hecho creer una noción romántica y repulsiva de lo que somos los vampiros. Si, ella ha escrito y muchos han creído esa farsa indigna que se mofa e insulta mi raza. El vampyr, nosferatu, o vampiro, es realmente un ser demente y odioso. Somos violentos, completamente egoístas, y nuestro único interés, además de aumentar nuestra belleza, es obtener más poder. Nuestra única fuente de placer la derivamos de matar. El acto de beber hasta la última gota de sangre de una víctima, es para lo que vivimos. En realidad, la única razón de ser de un vampiro es matar y obtener mayor poder. Solamente enamoramos a una víctima, pues la sangre de un enamorado posee un sabor sin igual. Aun no sabemos el porqué, pero cuando alguien está enamorado, su sangre cambia dramáticamente. Hasta el aroma personal se altera, haciendo todo un suplicio el aguantar los deseos de morderle el cuello. De destrozarle la yugular y sentir como el fuego de la vida moja nuestros labios, nuestra lengua. Como el mar carmesí baja por nuestros esófagos y sacian nuestra hambre eterna. Es por esta razón que algunos de nosotros enamoramos a nuestras victimas hasta el punto que pierden su propia voluntad. Realmente no hay nada más emocionante que la aventura, la conquista, lograr que una persona confíe totalmente, y entregue su ser. El proceso de preparar una víctima es el mejor, superado solamente por la mirada de desilusión cuando le revelamos su destino. Aunque a veces optamos por simplemente matarlos sin revelarles la verdad. Ese momento cuando siente el dolor de la mordida, y descubren que no es un juego erótico sino algo nefasto…de verdad que si aun pudiéramos, tendríamos un orgasmo. Así de espléndido es ese momento.
Un vampiro ama el profanar la virtud. Por ejemplo, tomar una chica joven e ingenua, cuya visión del mundo es color de rosa, y lograr que abandone su mojigatería. Que haga cosas que nunca le pasaron por la mente o que considera asquerosa o pecaminosa. Llevarla a sentir repulsión de sí misma por todo lo que ha hecho y está haciendo, pero al mismo tiempo, sentirse incapaz de abandonar al hombre que la ha llevado a ese pantano emocional. Hacerla creer que no importa lo que ocurra, será el amor de nuestras vidas. Eso sí, debo admitir que en raras ocasiones les revelamos a una víctima lo que somos. Una vez se han enamorado, comenzamos el gran teatro. Es impresionante como siempre funciona el drama “me deprime saber que morirás”. Pero lo mejor es mostrarle nuestra “lucha interna” entre convertirla y perderla. Todo un juego que realmente no satisface tanto como el simplemente enamorarlos.
La raza humana es simplemente ganado para nosotros. Nuestra fuente de sustento, juguetes para acallar el aburrimiento. Títeres manipulables, que a veces nos fastidia lo fácil que resulta controlar. Así que húyele a esas “obras literarias” o películas donde nos presentan como los ideales de belleza a seguir, como la representación del amor sin fronteras. En realidad somos horripilantes. Si no fuera por nuestra habilidad de alterar nuestras apariencias junto a nuestros dotes de actuación, jamás sobreviviríamos. Somos el tope de la cadena alimenticia, ustedes son sólo alimento. Nunca lo olviden.

I.J. Vázquez Torres



COMIENZO

“Hazlo”. De entre la niebla del sueño, el joven trato de distinguir sus alrededores. Era la segunda vez que despertaba ante el sonido de esa voz. Una voz inmaterial que jamás lograba identificar. La noche aun dominaba el mundo, y los gallos estaban ansiosos de ver el sol. Se irguió poco a poco, dudando de que fuera un día fácil. Sus padres se encargaron de hacerles la vida imposible a todos. Un pensamiento que nunca lo abandonaba.

Cuando se hubo lavado el rostro, se arrodillo y cumplió con su deber matutino. Una oración al dios de sus padres. Desde muy joven invento una formula fácil y simple, pues en su mente le resultaba tonto hacer plegarias extensas. Mientras pronunciaba mecánicamente las palabras, los vellos de su cuello se irguieron, a la vez que se llenaba de una intranquilidad delirante. Se puso de pie al tiempo que gritaba quien estaba ahí, lo cual resultaba estúpido, pues además de su familia, no había más nadie.

Como lo predijo, el día no iba a ser fácil.

-Lo primero que harás-, le dijo su padre, -es ir al granero y revisar las trampas. Esas malditas ratas están causando estragos. Luego iras a ver la vaca herida, y si no ha mejorado la sacrificaras. No olvides que te toca arreglar el techo de la casa. Después…-. La lista era interminable, y deseo que su familia entera desapareciera.

El sol caminaba por el cielo, repitiendo la interminable rutina celestial. El estaba limpiaba el gallinero, sin poner mucho afán en lo que hacía. La monotonía de la tarea lo llevo a ese punto donde no hay ningún pensamiento en su cabeza. Lo cual hizo que escuchara con extrema claridad esa palabra. “Hazlo”. Dejo caer el cubo, miro a su alrededor, tratando de determinar de quien era la voz. Se dirigió a la entrada de rancho, para gritar, cuando escucho pisadas detrás de el. Eran firmes, como si su dueño deseara ser descubierto. Se dio vuelta, pero encontró solamente a las gallinas y su incesante conversación. “Siiii, hazlo” volvió a escuchar. Cerro los ojos, respiro profundo, y dejo su tarea sin terminar.

La tarde avanzaba como todas las anteriores. Estaba quebrándose la espalda en el arado como todos los días, con la inmensidad del terreno sofocándolo. En esos momentos enumeraba todas las recriminaciones que deseaba decirles a su padre y a su madre, pero que el respeto le impedía. Era culpa de ellos el que estuvieran en aquella situación de dolor y sufrimiento. Pero estaba obligado a respetarlos. Así que tornaba su atención a cual fuese la tarea que le tocaba en aquel instante.

Mientras arrancaba la mala hierva, los vellos de su cuello nuevamente se irguieron. Su estomago emitió diversas protestas, y su piel se torno helada. La sensación de peligro lo abrazaba como el fuego a la madera. Trato de rezar para apaciguar su incomodidad, sin embargo el sonido de pisadas lo desconcentro. Miro para todos lados, pensando que su hermano estaba tratando de hacerle una broma. Pero inmediatamente descarto la idea. Su hermanito era demasiado bueno para hacer bromas. Su reflexión fue interrumpida por la voz de aquella mañana. “Que esperas, hazlo”.

Era la hora de la oración. Como de costumbre su hermano lo acompaño. Era una costumbre que desarrollaron desde muy niños. Todos los días a las 3 de la tarde, se juntaban para ofrecer sus oraciones y regalos a dios. Cuando llego al lugar preferido, contemplo todo lo que su hermano trajo para el ritual. ¿De donde saca el tiempo para prepararse?, se pregunto al examinar con detenimiento todo lo que su hermano llevo. Flores, frutas, maderas aromáticas, vino. “Te quiere humillar” dijo la voz. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, mientras su mente se llenaba de rencor. “Llevas tiempo deseando hacerlo. Ahora es el momento”. Dejo de caminar con naturalidad, mientras su semblante se transformaba. Siempre tan ordenado, tan respetuoso, y obediente, pensó mientras se acercaba. Porque no puede actuar como los demás, suspiro al llegar junto a el.

-¿Cómo? ¿Dijiste algo?

-No, nada-.

“Mientes, se sincero contigo mismo hazlo”. La voz lo acosaba, restregándole sus más secretos deseos en su rostro. “Hazlo. Debes demostrar que mereces respeto”. Su hermano inicio el ritual, mirando al cielo lleno de devoción. “No pierdas tiempo. El te esta robando el amor de dios”. Su rostro fue marcado con lágrimas, mientras agarraba un enorme madero y dio comienzo al acto. Su hermano menor dejo escapar un diminuto gemido, y cayó al suelo. Su cuerpo estaba temblando, cuando el madero nuevamente impactó su cráneo. La sangre mojaba la tierra, mientras los buitres atestiguaban la decena de golpes. Lo empujaba un rencor abominable. Cuando termino, a sus pies se hallaba un cuerpo, y donde antes estaba la cabeza, había una masa de huesos, carne y sesos, que ya estaba llenándose de moscas.

Esa tarde, mientras estaba lavándose en el río, escucho una voz del cielo que le preguntaba “Caín, ¿Dónde esta tu hermano Abel”

EL FIN DEL MUNDO

Cuando concluyó con el acto, se recostó al lado de ella para recuperar el aliento. Luego de unos minutos de silencio, su cliente, un hombre de noble apariencia y que se consideraba a sí mismo como responsable y honorable; coloco el pago por los servicios sexuales en la coqueta. Se vistió con toda la normalidad del mundo, como si estuviese en su propio dormitorio. Miro a la prostituta que le sirvió, y lleno de honestidad le dijo “realmente eres una experta.”
Al emerger de la recamara, se acercó a la madame, sonriendo como mozo de escuela intermedia. La tomo de la mano, e irradiando satisfacción le exclamo -¡Usted es un genio! La ha adiestrado muy bien.- La mujer de presencia inicua le contestó con una sonrisa picara, disimulando su aburrimiento. -Por su puesto que estaba bien adiestrada- pensó, todas sus chicas lo están. Pero hay que alimentar el ego de los clientes, de lo contrario pueden dejar de auspiciar su negocio. Lo acompaño a la puerta, ansiosa de despacharlo.
Al llegar a la puerta, el hombre se volvió a mirarla, aun maravillado por su experiencia. Sin parpadear le dijo –le garantizo que la recomendare a mis amigos.- No mentía. Realmente esa tarde iba a promocionar a la chica con aquellos que estaba seguro compartían su gusto por las casas de sexo.
Esa tarde cerró temprano su negocio, pues solamente deseaba ver el desempeño de su más reciente adquisición. Y por lo visto, no perdió el tiempo adiestrándola. Entro a la recamara que aun olía a sexo, y se dedico a examinar cada centímetro del cuerpo de su nueva chica. Una vez segura de que no fue golpeada, la llevo al baño para asearla. Era exigente con sus chicas, pero a las mejores le gustaba servirles de esta manera a modo de recompensa. Mientras le enjuagaba el cabello, le hablaba con suma dulzura, informándole la excelencia con la cual realizo su trabajo. –También hay que alimentarle el ego a las chicas- pensaba –de lo contrario dejan de esforzarse-. De repente, interrumpió lo que hacía, pues se acordó de algo muy importante. Mirándola a los ojos, le dijo “mi niña, ¿hiciste las asignaciones?”.

I.J. Vázquez Torres ©

DESEO LLEGAR:



Mientras caminaba, mi mente divagaba por recuerdos de diversas épocas de mi vida. La concentración era tal que no advertí que estaba anocheciendo, y que alejaba cada vez más de mi hogar. Fue el frío lo que me despertó, y me hizo tomar conciencia que era de noche.

Proseguí mi camino. El silencio era penetrante, y la soledad asfixiante. Los árboles asumían una fealdad ante la luz de las estrellas, y todo a mí alrededor gemía lamentos de un día que terminaba. “Atrechare por aquí” dije en voz alta, tal vez para callar el silencio. Mientras me adentraba por el camino, sentí unos pasos. Mire por encima de mi hombro, y solamente estaba el camino. Sin pensarlo dos veces proseguí la marcha. Necesitaba regresar a donde me esperaban.

Luego de varios minutos, volví a escuchar esos pasos. Decidí no mirar pero eran tan claros, y tan firmes, que volví a mirar. Nada. “Creo que el silencio te esta haciendo alucinar”. Regrese mis ojos al camino. Era largo, dando la impresión que se alargaba hasta el infinito. Tanto a mi izquierda como a mi derecha, se erguían hileras de árboles, que daban la sensación de ahogo. Feos en su totalidad. La carencia de hojas, y la deformidad de sus ramas brindaban una sensación funesta en el corazón. El suelo sucio y maltratado por las pisadas, lleno de grietas y basura.

De nuevo las pisadas, pero en esta ocasión yo estaba detenido mirando los dichosos árboles. Mi corazón comenzó a palpitar, aunque hacia frío, empecé a sudar. Perdí la curiosidad y proseguí mi camino. “Falta poco para llegar, falta poco.” Me mentía, tratando de calmar mi corazón. Y las pisadas aumentaban su velocidad. ¡Me iba alcanzar!

De un brinco me voltee para enfrentar a quien estuviera cazándome, y nuevamente nada. “¿¡Dónde estas!? ¡COBARDE!”. Empecé a correr, ya me arrepentí de tomar este atajo. Mire el reloj, eran las 11:58 de la noche. “Tengo que llegar, tengo que llegar, tengo que llegar.” Las pisadas comenzaron a correr, pero a un ritmo menor que el mío. Como si careciera de urgencia, mofándose de mi miedo. Me carcomía la rabia, una rabia que se mezclaba con miedo. ¿Tan confiado estaba de alcanzarme? Tratando de tomarlo por sorpresa, me metí por medio de los árboles con la intención de rodearlo y brincarle por detrás, pero me perdí. “Maldición”. Tome un respiro, cerré los ojos. Me metí por el lado izquierdo del camino, si sigo caminando saldré por… ¿por dónde? Se me escapaba de la mente. Mi reflexión fue interrumpida por el sonido de ramas moviéndose. ¡Me sigue!

Camine con prisa renovada. Las ramas me golpeaban la cara, la prisa me movía, desesperado hasta que emergí de los árboles. Llegue a un cementerio de recién apertura, y como era de esperar, completamente vacío. Proseguí la marcha, hasta que nuevamente esas odiosas pisadas. Corrí de nuevo. Huyendo no se de que o de quien. “¡QUIERO LLEGAR! ¡DEJAME! ¡QUIERO LLEGAR!” Me tropecé con una lapida y caí, golpeándome la cabeza. Las pisadas se acercaban. El dolor y la fatiga no me dejaban levantar. Mil ideas corrían por mi mente. Sentí como me ardían los pulmones, y esas malditas pisadas. Eran más claras, y estaba claro que estaban más cerca. “No, no puede ser”, pensaba a la vez que el dueño de las pisadas se aproximaba un poco más, con suma calma. “Déjame”, suspire, “quiero llegar”. Finalmente las pisadas se detuvieron a mi lado. Vi unos pies, ¿por qué andaba descalzo? Eran hermosos, y sumamente limpios. “Déjame, ¿por qué? Sólo deseo llegar.” Una voz clara y hermosa me respondió “pero tú eres el que no me deja llevarte”.

Estaba de pie. No recuerdo haberme levantado del suelo. Enfrente de mi había una lapida con mi nombre…

Mientras caminaba, mi mente divagaba por recuerdos de diversas épocas de mi vida. La concentración era tal que no advertí que estaba anocheciendo, y que alejaba cada vez más de mi hogar. Fue el frío lo que me despertó, y me hizo tomar conciencia que era de noche…

I.J. Vázquez Torres ©

CONFESIÓN DE UNA MUJER LOCA DE AMOR

Sí, estoy perdidamente enamorada de ella. Estoy en un mar de desespero y pasión, que me embriaga con el vaivén de sus olas. Ella es toda una diosa, que regala su atención solamente a los que sean dignos de esta. Hay que verla no con los ojos de la lujuria, sino con la mirada de un artista para poder asimilar su indomable belleza. De estatura promedio, lo cual facilita la mirada, el poder mirarla toda sin tener que alejarse mucho. Sus curvas no son grotescas, ni artificiales. Son el resultado de gran escultor llamado Dios por algunos, y ADN por otros. ¿Serán la misma cosa? De nuevo, sólo con la mirada de un artista, se puede apreciar que sus senos son apropiados. No te emboban, ni distraen la mirada. Su piel es suave, ni muy blanca, ni muy oscura. Realmente desciende de los indígenas que masacraron los conquistadores hace seis siglos.
Sus manos, ¡ah! ¡Sus manos! Son como flores, puedo estar todo el día mirando esas manos dulces que nunca han sido castigadas por labores manuales. Dichas faenas están por debajo de su dignidad. Ella no necesita bajarse a estregar el suelo, o limpiar los platos. Su familia se ha asegurado que sus manos se preserven en su estado original pos-uterino. Casi infantiles en su hermosura. Lo único que opaca sus manos, son sus ojos.
De color miel, sus ojos son profundos, como un abismo hermoso que te suplica que lo contemples. La simetría de su rostro los hace resaltar, lo cual hace imposible hablarle sin mirarlos. Adornados con unas pestañas, largas por naturaleza, que resaltan la magnificencia de su mirada. ¡Me embriaga su mirada!
Su cabello es de un marrón tan claro, que parece oro. Lustroso, de longitud exacta, amoldado a su rostro para hacerlo más llamativo. ¡Cuánto envidio al viento! El siempre que desea, puedo jugar con el. Si, lo envidio por completo.
Cuando nos presentaron, mi corazón fue quebrado por lo maravilloso de su sonrisa. Usualmente soy buena conversadora, pero ella me robo el aliento. Como es usual, comenzamos una amistad, y poco a poco sentimientos más intensos fueron desarrollándose. Nuestro primer beso fue un viaje cósmico, intoxicante como un brebaje mágico. Luego de ese día, todo iba a ser más placentero, porque había encontrado el amor.
¡Cuan fácil nos engañamos! Sus padres no estaban del todo contentos con nuestra amistad. Les resultaba “preocupante” la cantidad de tiempo que pasábamos juntas a solas. También les incomodaba “tanto abrazo” y tanta “confianza”. En ese momento supe que ella aun vivía a escondidas, sufriendo una mentira a causa del discrimen. La paz termino, y comenzamos a pelear a menudo. Al mismo tiempo, sus padres inventaban compromisos con mayor frecuencia, lo cual acortaba el tiempo que podíamos pasar juntas. Un día me llene de valor, y fui a confrontarlos. Deseaba saber sus razones para prohibir nuestra relación. “Ustedes están confundidas” me dijo su madre, “lo que necesitan es pasar tiempo alejadas, y buscar de Dios. Pronto superaran esta cosa que les ha dado”. Tuve que contenerme para no gritarle, para no insultarla. Le pedí que me dejara hablar con ella, pero se negó. Su padre, que a todo esto se mantuvo callado, se levanto y me dijo, en un tono paternal y cariñoso, “hagamos lo siguiente, ve a tu casa, y danos una semana. Piensa, reflexiona, y luego regresa. Vamos a bajar los ánimos, y así podremos tener una conversación como se debe. Mi mujer esta muy alterada por todo esto.” Accedí, solamente porque descubrí un aliado en su padre.
Fueron los peores siete días de mi vida. Horribles, ¡simplemente horribles! Dormí aproximadamente 10 horas en esa semana. Me despertaba a cada instante, ansiosa, enojada, triste. Añoraba los labios de mi amada con locura. El primer día fue intenso. Desde una pelea con mi madre, hasta un fracaso en un examen. Mi jefe me envió a casa porque “estaba clara mi indisposición”. Estaba en lo correcto. Desde que me levante de la cama, solamente me era posible pensar en ella. En sus voz suave y dulce, en su risa amena, en su mirada risueña. ¡Me hacía tanta falta! Cada momento que miraba el reloj aportaba a mi tristeza y mi desespero. El tercer día estuve llorando casi toda la mañana. Me estaba ahogando en su ausencia, ¡que lento pasa el tiempo!
Afortunadamente, mi tortura término. Mi corazón palpitaba, mi cuerpo estaba lleno de energía que desespero a mi familia. “¡Ya nena! ¡Estate quieta!” me grito mi padre, que a pesar de mi edad, aun me llamaba “nena”. Al medio día lave todo mi cuerpo, me vestí con modestia, y recogí mi cabello. De camino a su casa compre flores para su madre, y un vino a su padre. Deseaba presentar una ofrenda de paz. Cuando llegue a su casa, fui recibida por el hielo de la mirada de su madre. La mujer no me hablo. Me dejo pasar, y rechazo las flores. Su padre me invito a pasar y en voz solemne me dijo “tienes 10 minutos para despedirte”. Me llevo a la sala, y ahí estaba ella. Sus ojos rojos de tanto llorar. Note lo fatal que se veía. Despeinada, aun con su ropa de dormir. Se puso de pie, pero sin su porte usual. Encorvada, sin mucha energía, se acerco a mí. Acongojada, me dijo lo mucho que me amaba, pero que no era posible. Que sus padres estaban completamente en contra de lo nuestro.
Llegue a casa con el alma quebrada. Llore como nunca en mi vida. ¡Malditos homófobicos! ¡Los odio! ¡Ella es mi alma gemela, mi complemento! ¿Cómo se atreven hacerla sufrir? ¿Cómo se atreven a interponerse en nuestro amor? Deje de ir a la universidad, ¿para qué? Me quede encerrada en mi cuarto por días, emergiendo de mi cueva sólo para ir al baño y beber agua. Apague el celular, y deje de comer. Me deje hundir en el odio y la depresión. En la niebla del desespero, desee que murieran. Que por un milagro ella quedara libre, y pudiera amarme con total entrega. ¡Ella es mía! Deje de llorar y comencé a planear como convencer a sus padres. Era una tarea difícil, pues me distraía en ocasiones recordando mi odio hacia esos nefastos retrógrados.
Para el alivio de mis padres, un día me levante, me bañe, y desayune. Los abrase, y me dispuse a salir de la casa por primera vez en semanas. Necesitaba aire fresco, y hablar con ella. Fui a la cafetería que frecuentábamos. Ahí estaba toda la ganga, nuestros amigos, nuestros confidentes. Los que realmente nos comprenden, y acepta nuestro amor. Me recibieron con gritos y abrazos. Cuando pregunte por ella, sus miradas cayeron como jaladas por una fuerza extraña. “¿Qué pasa?” les increpe, mi corazón sobresaltado. No tuvieron que hablar, en esos momentos llego ella, agarrada de manos con un galán sacado de una revista de modas. Reaccione sin pensar, me acerque y tomándola de la mano la jale. Cuando estuvimos lejos, le dije “explícame”. Sin mirarme, me dijo con toda la naturalidad del mundo “es para complacer a mis padres”. Comencé a temblar y a sudar. Los ojos se me llenaron de lágrimas que comenzaron a correr por mis mejillas. “¡Pero si eres mía! ¡Nos amamos!”. Al escuchar esto, me dijo “si puedes pensar en una forma de que estemos juntas para siempre, házmelo saber”.
Es mía, es mi amada. ¡Todos son unos falsos! ¿Cómo es posible que nadie me lo dijera? Si, los odio, ¡los odio a todos! Yo pensaba que me aceptaban, que aceptaban mis preferencias, ¡hipócritas! Merecen morir, si, todos merecen morir. Tome el arma de mi padre, y los cace, uno a uno. Un tiro en la frente, no soy cruel. Después de todo no soy una villana. En una noche utilice las 24 balas de mi padre. De madrugada, mientras mi última victima me miraba aterrada, me puse a pensar como lograría estar con ella, como alcanzar esa meta de estar juntas para siempre. “Te pediría una opinión, pero si te destapo la boca vas a gritar”. Mi victima lloraba y lloraba, y para consolarla le puse un .45 en la cabeza.
Faltaban unas horas para que saliera el sol. Fui a su casa, y despache a sus padres. A ellos si los hice sufrir. Un balazo en el pene a su padre, y uno en la ingle a su madre. Los deje desangrar, mientras amarraba a mi amada. Me la lleve a nuestro lugar secreto, donde nos amamos por primera vez. Pensaba y pensaba, ¿cómo estar juntas para siempre? De repente, fui iluminada. ¡Era tan fácil! ¿Cómo no se me ocurrió? ¡Era tan obvio! Así que sin pensarlo mucho, la devore.

I.J. Vázquez Torres ©

LA LLEGADA

Ella estaba en lo más profundo del bosque, abrazando con suma testarudez su rutina. A pesar de su complicado embarazo, se negaba a obedecer las recomendaciones de su medico. Se rehusaba a vivir en su cama, a “reposar”, a “tomarlo con calma”. Para su asombro, su familia concordaba con el galeno. Poco a poco, y para su irritación, se agrando el grupo de personas que la aconsejaban; embargándola con sugerencias sobre como cuidar su cuerpo y su bebé. La enojaba sobremanera lo que tomaba como una intromisión en su vida personal. Le era suficiente con su doctor. Así que dejo de hacerles caso a todos. Sus reflexiones inundaban su mente, haciéndole imposible el disfrutar de la hermosura que la rodeaba. Era tanto su enojo, que pronto olvido el propósito de su caminata.
Se adentro más en el bosque, comprometida totalmente con su rutina. Llego a un claro, donde aprovecho para reposar unos minutos. Contemplo su enorme panza, y sonrió. Desde que supo que estaba embarazada, amo con total entrega al bebé. “Hoy has estado tranquilito”, dijo mientras acariciaba su barriga. Tomo varios sorbos de agua, buscando mentalmente una ruta que fuera corta, y a la vez satisfactoria. A pesar de todo, no deseaba preocupar a su esposo. El único que no la embargaba con cuidados y consejos. Solamente él mostró respeto por sus deseos de proseguir su vida normal. No como su madre y sus hermanas, que le llenaban el celular de mensajes de voz, y visitas constantes. Que le llenaban el Inbox de su correo electrónico de reportajes, sugerencias, y otras incontables basuras. Estaba a punto de volverse a enojar, cuando comenzó. Fue inesperado, pues aun faltaban tres meses para completar el embarazo.
No hubo pánico en su corazón, ni se dejo absorber por el miedo. Desde el primer mes, su bebé brindo indicios de que iba a ser difícil de manejar. Parte de su cinismo la llevo a prepararse para esta eventualidad, sobretodo en aquel punto tan alejado de la civilización. Tomo varias inhalaciones del aire puro y aromático, mientras meditaba y se concentraba para derrotar al dolor. Cerró sus sentidos y los limito a la imagen mental de una rosa amarrilla. Cerró sus sentidos, pensando solamente en su respiración. Como el aire puro y verde del bosque entraba, y la limpiaba; a la vez que exhalaba todo lo negativo. Eventualmente, el dolor la abandonó.
Tomo su celular, y marco el número de su esposo. Necesitaba advertirle, para que estuviera todo listo para su llegada. Timbró varias veces, hasta que le contesto la grabadora. Levanto los ojos al cielo, llena de desespero y enojo. “¿Dónde carajo estará el idiota este?” le pregunto a los árboles. Prosiguió su caminata, atenta a las señales de su cuerpo, y los avisos del camino. Marco nuevamente el número, con el mismo resultado. Esta vez dejo un mensaje lleno de rudeza a su marido. “Siempre lo mismo” musitaba una y otra vez, sin darse cuenta que un hilo de sangre le bajaba por la pierna.
Cuando se disponía a volver a llamar a su marido, fue asaltada por otra oleada de dolor. Esta vez la intensidad del mismo la hizo gritar. Abrazó su vientre, mientras la masiva contracción se apoderaba de ella, llevándola al llanto. Nuevamente uso su ejercicio de relajación, buscando liberarse de la horrible sensación. “Más le vale a este cabrón que coja el teléfono” suspiro mientras trataba de marcar el numero. El timbre sonaba y sonaba, y nuevamente le contestaba la maquina. Estaba claro, su esposo, el irresponsable, nuevamente dejo botado el celular.
La sangre continuaba brotando en mínimas cantidades, lenta y callada. Ella estaba tan concentrada en su enojo, que no se percataba. Mientras tanto, el sol iba en ruta al ocaso, y ya era posible contemplar algunas estrellas. Y aparentemente, la futura madre tomo un giro equivocado. Se detuvo para examinar sus alrededores, al tiempo que buscaba mantener la calma, cuando fue asaltada nuevamente por el terrible dolor. Fue intenso, abrazándole por completo el ser. Desde su vientre hasta su cabeza, se elevaba un dolor incomparable a otros. Cerró sus ojos, no para meditar, sino para poder luchar contra un grito. En meros segundos, el dolor se transformo en agonía, y se entrego al instinto, dejando escapar un grito que acallo la vida silvestre. Sus pies perdieron fuerza, y fue a parar en el suelo. Se abrazaba el vientre con insistencia, tratando de calmarse, de silenciar el dolor, pero resultaba imposible. Nuevamente agarro el celular, pero el dolor se lo arrebato de las manos.
Su vientre se agitaba con salvajismo, mientras más sangre brotaba de su interior. Intento erguirse, con una terquedad increíble. No iba a dar a luz a su bebé sola en el bosque. Sin embargo, sus pies la traicionaron. A cada instante el dolor aumentaba, perforándole todo su ser, eclipsando todos sus pensamientos. Buscando retomar la calma, intento volver a meditar. Pero la intensidad de dolor se lo prohibió. Las contracciones se multiplicaban, y su cerebro se sobrecargaba de señales de dolor. Grito con más fuerza, llevando su voz al extremo. Cuando no pudo gritar más, miro al cielo y comenzó a suplicarle al Creador. Llena de desespero, suspiraba clemencia a Dios, le rogaba que detuviera el parto, que la dejara llegar a su casa. Su oración fue interrumpida por otro ataque de dolor. No era una contracción lo que la asaltaba, aquello no era natural. Repentinamente fue asaltada por una idea aterradora, su bebé la estaba matando.
Como respondiendo a su pensamiento, el bebé aumento el salvajismo de sus movimientos. Ella sintió como desde adentro la criatura la golpeaba, moviéndose con suma ansiedad, desesperada por salir. Llena de incredulidad, observó como de su vientre emergían unas garras, deseosas de libertad. No se percato de los chorros de sangre que la salpicaban, tornando su rostro en una mascara roja. El terror opaco el dolor, mientras observaba atónita como su carne era desgarrada. Mientras la niebla de la nada comenzaba a tragársela, logro escuchar el gemido del engendro. Lo último que su cerebro registró, fue como de su vientre, emergió una herejía. La criatura llevaba unos cuernos en su cabecita peluda, y su boquita estaba inundada de colmillos. Cuando finalmente logro librarse por completo de su cárcel, comenzó a devorar a su madre, ansioso, desesperado. Mordía y tragaba sin masticar, en un desenfreno por calmar su hambre.
Cuando su padre llego, sólo quedaban huesos. Su hijo dormitaba satisfecho. Su apariencia repulsiva, fue disfrazada por la imagen de un hermoso varón de tres años. Era una carita angelical, blanca y suave, con una larga cabellera color miel. Se acerco lleno de felicidad, y con delicadeza lo como en sus brazos. Con el amor de un padre amoroso, le suspiro en el odio “bienvenido al mundo Namrael, mi primogénito”. Antes de partir, miro al despojo que antes fue su esposa, pensando que este era el lugar ideal para que nacieran sus otros hijos. En diferentes partes del país, ocho mujeres estaban en su sexto mes de embarazo, ajenas a su destino. Dio media vuelta, y se adentro en las sombras del bosque. Atrás quedo una osamenta, ultrajada por la maldad.
“Cuando él emerja en el mundo, las pasiones malévolas aumentaran, y habrán terremotos, guerras, hambrunas, y blasfemias”
El Parafraseo de Shem, Biblia Gnóstica.

I.J. Vázquez Torres