Sí, estoy perdidamente enamorada de ella. Estoy en un mar de desespero y pasión, que me embriaga con el vaivén de sus olas. Ella es toda una diosa, que regala su atención solamente a los que sean dignos de esta. Hay que verla no con los ojos de la lujuria, sino con la mirada de un artista para poder asimilar su indomable belleza. De estatura promedio, lo cual facilita la mirada, el poder mirarla toda sin tener que alejarse mucho. Sus curvas no son grotescas, ni artificiales. Son el resultado de gran escultor llamado Dios por algunos, y ADN por otros. ¿Serán la misma cosa? De nuevo, sólo con la mirada de un artista, se puede apreciar que sus senos son apropiados. No te emboban, ni distraen la mirada. Su piel es suave, ni muy blanca, ni muy oscura. Realmente desciende de los indígenas que masacraron los conquistadores hace seis siglos.
Sus manos, ¡ah! ¡Sus manos! Son como flores, puedo estar todo el día mirando esas manos dulces que nunca han sido castigadas por labores manuales. Dichas faenas están por debajo de su dignidad. Ella no necesita bajarse a estregar el suelo, o limpiar los platos. Su familia se ha asegurado que sus manos se preserven en su estado original pos-uterino. Casi infantiles en su hermosura. Lo único que opaca sus manos, son sus ojos.
De color miel, sus ojos son profundos, como un abismo hermoso que te suplica que lo contemples. La simetría de su rostro los hace resaltar, lo cual hace imposible hablarle sin mirarlos. Adornados con unas pestañas, largas por naturaleza, que resaltan la magnificencia de su mirada. ¡Me embriaga su mirada!
Su cabello es de un marrón tan claro, que parece oro. Lustroso, de longitud exacta, amoldado a su rostro para hacerlo más llamativo. ¡Cuánto envidio al viento! El siempre que desea, puedo jugar con el. Si, lo envidio por completo.
Cuando nos presentaron, mi corazón fue quebrado por lo maravilloso de su sonrisa. Usualmente soy buena conversadora, pero ella me robo el aliento. Como es usual, comenzamos una amistad, y poco a poco sentimientos más intensos fueron desarrollándose. Nuestro primer beso fue un viaje cósmico, intoxicante como un brebaje mágico. Luego de ese día, todo iba a ser más placentero, porque había encontrado el amor.
¡Cuan fácil nos engañamos! Sus padres no estaban del todo contentos con nuestra amistad. Les resultaba “preocupante” la cantidad de tiempo que pasábamos juntas a solas. También les incomodaba “tanto abrazo” y tanta “confianza”. En ese momento supe que ella aun vivía a escondidas, sufriendo una mentira a causa del discrimen. La paz termino, y comenzamos a pelear a menudo. Al mismo tiempo, sus padres inventaban compromisos con mayor frecuencia, lo cual acortaba el tiempo que podíamos pasar juntas. Un día me llene de valor, y fui a confrontarlos. Deseaba saber sus razones para prohibir nuestra relación. “Ustedes están confundidas” me dijo su madre, “lo que necesitan es pasar tiempo alejadas, y buscar de Dios. Pronto superaran esta cosa que les ha dado”. Tuve que contenerme para no gritarle, para no insultarla. Le pedí que me dejara hablar con ella, pero se negó. Su padre, que a todo esto se mantuvo callado, se levanto y me dijo, en un tono paternal y cariñoso, “hagamos lo siguiente, ve a tu casa, y danos una semana. Piensa, reflexiona, y luego regresa. Vamos a bajar los ánimos, y así podremos tener una conversación como se debe. Mi mujer esta muy alterada por todo esto.” Accedí, solamente porque descubrí un aliado en su padre.
Fueron los peores siete días de mi vida. Horribles, ¡simplemente horribles! Dormí aproximadamente 10 horas en esa semana. Me despertaba a cada instante, ansiosa, enojada, triste. Añoraba los labios de mi amada con locura. El primer día fue intenso. Desde una pelea con mi madre, hasta un fracaso en un examen. Mi jefe me envió a casa porque “estaba clara mi indisposición”. Estaba en lo correcto. Desde que me levante de la cama, solamente me era posible pensar en ella. En sus voz suave y dulce, en su risa amena, en su mirada risueña. ¡Me hacía tanta falta! Cada momento que miraba el reloj aportaba a mi tristeza y mi desespero. El tercer día estuve llorando casi toda la mañana. Me estaba ahogando en su ausencia, ¡que lento pasa el tiempo!
Afortunadamente, mi tortura término. Mi corazón palpitaba, mi cuerpo estaba lleno de energía que desespero a mi familia. “¡Ya nena! ¡Estate quieta!” me grito mi padre, que a pesar de mi edad, aun me llamaba “nena”. Al medio día lave todo mi cuerpo, me vestí con modestia, y recogí mi cabello. De camino a su casa compre flores para su madre, y un vino a su padre. Deseaba presentar una ofrenda de paz. Cuando llegue a su casa, fui recibida por el hielo de la mirada de su madre. La mujer no me hablo. Me dejo pasar, y rechazo las flores. Su padre me invito a pasar y en voz solemne me dijo “tienes 10 minutos para despedirte”. Me llevo a la sala, y ahí estaba ella. Sus ojos rojos de tanto llorar. Note lo fatal que se veía. Despeinada, aun con su ropa de dormir. Se puso de pie, pero sin su porte usual. Encorvada, sin mucha energía, se acerco a mí. Acongojada, me dijo lo mucho que me amaba, pero que no era posible. Que sus padres estaban completamente en contra de lo nuestro.
Llegue a casa con el alma quebrada. Llore como nunca en mi vida. ¡Malditos homófobicos! ¡Los odio! ¡Ella es mi alma gemela, mi complemento! ¿Cómo se atreven hacerla sufrir? ¿Cómo se atreven a interponerse en nuestro amor? Deje de ir a la universidad, ¿para qué? Me quede encerrada en mi cuarto por días, emergiendo de mi cueva sólo para ir al baño y beber agua. Apague el celular, y deje de comer. Me deje hundir en el odio y la depresión. En la niebla del desespero, desee que murieran. Que por un milagro ella quedara libre, y pudiera amarme con total entrega. ¡Ella es mía! Deje de llorar y comencé a planear como convencer a sus padres. Era una tarea difícil, pues me distraía en ocasiones recordando mi odio hacia esos nefastos retrógrados.
Para el alivio de mis padres, un día me levante, me bañe, y desayune. Los abrase, y me dispuse a salir de la casa por primera vez en semanas. Necesitaba aire fresco, y hablar con ella. Fui a la cafetería que frecuentábamos. Ahí estaba toda la ganga, nuestros amigos, nuestros confidentes. Los que realmente nos comprenden, y acepta nuestro amor. Me recibieron con gritos y abrazos. Cuando pregunte por ella, sus miradas cayeron como jaladas por una fuerza extraña. “¿Qué pasa?” les increpe, mi corazón sobresaltado. No tuvieron que hablar, en esos momentos llego ella, agarrada de manos con un galán sacado de una revista de modas. Reaccione sin pensar, me acerque y tomándola de la mano la jale. Cuando estuvimos lejos, le dije “explícame”. Sin mirarme, me dijo con toda la naturalidad del mundo “es para complacer a mis padres”. Comencé a temblar y a sudar. Los ojos se me llenaron de lágrimas que comenzaron a correr por mis mejillas. “¡Pero si eres mía! ¡Nos amamos!”. Al escuchar esto, me dijo “si puedes pensar en una forma de que estemos juntas para siempre, házmelo saber”.
Es mía, es mi amada. ¡Todos son unos falsos! ¿Cómo es posible que nadie me lo dijera? Si, los odio, ¡los odio a todos! Yo pensaba que me aceptaban, que aceptaban mis preferencias, ¡hipócritas! Merecen morir, si, todos merecen morir. Tome el arma de mi padre, y los cace, uno a uno. Un tiro en la frente, no soy cruel. Después de todo no soy una villana. En una noche utilice las 24 balas de mi padre. De madrugada, mientras mi última victima me miraba aterrada, me puse a pensar como lograría estar con ella, como alcanzar esa meta de estar juntas para siempre. “Te pediría una opinión, pero si te destapo la boca vas a gritar”. Mi victima lloraba y lloraba, y para consolarla le puse un .45 en la cabeza.
Faltaban unas horas para que saliera el sol. Fui a su casa, y despache a sus padres. A ellos si los hice sufrir. Un balazo en el pene a su padre, y uno en la ingle a su madre. Los deje desangrar, mientras amarraba a mi amada. Me la lleve a nuestro lugar secreto, donde nos amamos por primera vez. Pensaba y pensaba, ¿cómo estar juntas para siempre? De repente, fui iluminada. ¡Era tan fácil! ¿Cómo no se me ocurrió? ¡Era tan obvio! Así que sin pensarlo mucho, la devore.
I.J. Vázquez Torres ©
Sus manos, ¡ah! ¡Sus manos! Son como flores, puedo estar todo el día mirando esas manos dulces que nunca han sido castigadas por labores manuales. Dichas faenas están por debajo de su dignidad. Ella no necesita bajarse a estregar el suelo, o limpiar los platos. Su familia se ha asegurado que sus manos se preserven en su estado original pos-uterino. Casi infantiles en su hermosura. Lo único que opaca sus manos, son sus ojos.
De color miel, sus ojos son profundos, como un abismo hermoso que te suplica que lo contemples. La simetría de su rostro los hace resaltar, lo cual hace imposible hablarle sin mirarlos. Adornados con unas pestañas, largas por naturaleza, que resaltan la magnificencia de su mirada. ¡Me embriaga su mirada!
Su cabello es de un marrón tan claro, que parece oro. Lustroso, de longitud exacta, amoldado a su rostro para hacerlo más llamativo. ¡Cuánto envidio al viento! El siempre que desea, puedo jugar con el. Si, lo envidio por completo.
Cuando nos presentaron, mi corazón fue quebrado por lo maravilloso de su sonrisa. Usualmente soy buena conversadora, pero ella me robo el aliento. Como es usual, comenzamos una amistad, y poco a poco sentimientos más intensos fueron desarrollándose. Nuestro primer beso fue un viaje cósmico, intoxicante como un brebaje mágico. Luego de ese día, todo iba a ser más placentero, porque había encontrado el amor.
¡Cuan fácil nos engañamos! Sus padres no estaban del todo contentos con nuestra amistad. Les resultaba “preocupante” la cantidad de tiempo que pasábamos juntas a solas. También les incomodaba “tanto abrazo” y tanta “confianza”. En ese momento supe que ella aun vivía a escondidas, sufriendo una mentira a causa del discrimen. La paz termino, y comenzamos a pelear a menudo. Al mismo tiempo, sus padres inventaban compromisos con mayor frecuencia, lo cual acortaba el tiempo que podíamos pasar juntas. Un día me llene de valor, y fui a confrontarlos. Deseaba saber sus razones para prohibir nuestra relación. “Ustedes están confundidas” me dijo su madre, “lo que necesitan es pasar tiempo alejadas, y buscar de Dios. Pronto superaran esta cosa que les ha dado”. Tuve que contenerme para no gritarle, para no insultarla. Le pedí que me dejara hablar con ella, pero se negó. Su padre, que a todo esto se mantuvo callado, se levanto y me dijo, en un tono paternal y cariñoso, “hagamos lo siguiente, ve a tu casa, y danos una semana. Piensa, reflexiona, y luego regresa. Vamos a bajar los ánimos, y así podremos tener una conversación como se debe. Mi mujer esta muy alterada por todo esto.” Accedí, solamente porque descubrí un aliado en su padre.
Fueron los peores siete días de mi vida. Horribles, ¡simplemente horribles! Dormí aproximadamente 10 horas en esa semana. Me despertaba a cada instante, ansiosa, enojada, triste. Añoraba los labios de mi amada con locura. El primer día fue intenso. Desde una pelea con mi madre, hasta un fracaso en un examen. Mi jefe me envió a casa porque “estaba clara mi indisposición”. Estaba en lo correcto. Desde que me levante de la cama, solamente me era posible pensar en ella. En sus voz suave y dulce, en su risa amena, en su mirada risueña. ¡Me hacía tanta falta! Cada momento que miraba el reloj aportaba a mi tristeza y mi desespero. El tercer día estuve llorando casi toda la mañana. Me estaba ahogando en su ausencia, ¡que lento pasa el tiempo!
Afortunadamente, mi tortura término. Mi corazón palpitaba, mi cuerpo estaba lleno de energía que desespero a mi familia. “¡Ya nena! ¡Estate quieta!” me grito mi padre, que a pesar de mi edad, aun me llamaba “nena”. Al medio día lave todo mi cuerpo, me vestí con modestia, y recogí mi cabello. De camino a su casa compre flores para su madre, y un vino a su padre. Deseaba presentar una ofrenda de paz. Cuando llegue a su casa, fui recibida por el hielo de la mirada de su madre. La mujer no me hablo. Me dejo pasar, y rechazo las flores. Su padre me invito a pasar y en voz solemne me dijo “tienes 10 minutos para despedirte”. Me llevo a la sala, y ahí estaba ella. Sus ojos rojos de tanto llorar. Note lo fatal que se veía. Despeinada, aun con su ropa de dormir. Se puso de pie, pero sin su porte usual. Encorvada, sin mucha energía, se acerco a mí. Acongojada, me dijo lo mucho que me amaba, pero que no era posible. Que sus padres estaban completamente en contra de lo nuestro.
Llegue a casa con el alma quebrada. Llore como nunca en mi vida. ¡Malditos homófobicos! ¡Los odio! ¡Ella es mi alma gemela, mi complemento! ¿Cómo se atreven hacerla sufrir? ¿Cómo se atreven a interponerse en nuestro amor? Deje de ir a la universidad, ¿para qué? Me quede encerrada en mi cuarto por días, emergiendo de mi cueva sólo para ir al baño y beber agua. Apague el celular, y deje de comer. Me deje hundir en el odio y la depresión. En la niebla del desespero, desee que murieran. Que por un milagro ella quedara libre, y pudiera amarme con total entrega. ¡Ella es mía! Deje de llorar y comencé a planear como convencer a sus padres. Era una tarea difícil, pues me distraía en ocasiones recordando mi odio hacia esos nefastos retrógrados.
Para el alivio de mis padres, un día me levante, me bañe, y desayune. Los abrase, y me dispuse a salir de la casa por primera vez en semanas. Necesitaba aire fresco, y hablar con ella. Fui a la cafetería que frecuentábamos. Ahí estaba toda la ganga, nuestros amigos, nuestros confidentes. Los que realmente nos comprenden, y acepta nuestro amor. Me recibieron con gritos y abrazos. Cuando pregunte por ella, sus miradas cayeron como jaladas por una fuerza extraña. “¿Qué pasa?” les increpe, mi corazón sobresaltado. No tuvieron que hablar, en esos momentos llego ella, agarrada de manos con un galán sacado de una revista de modas. Reaccione sin pensar, me acerque y tomándola de la mano la jale. Cuando estuvimos lejos, le dije “explícame”. Sin mirarme, me dijo con toda la naturalidad del mundo “es para complacer a mis padres”. Comencé a temblar y a sudar. Los ojos se me llenaron de lágrimas que comenzaron a correr por mis mejillas. “¡Pero si eres mía! ¡Nos amamos!”. Al escuchar esto, me dijo “si puedes pensar en una forma de que estemos juntas para siempre, házmelo saber”.
Es mía, es mi amada. ¡Todos son unos falsos! ¿Cómo es posible que nadie me lo dijera? Si, los odio, ¡los odio a todos! Yo pensaba que me aceptaban, que aceptaban mis preferencias, ¡hipócritas! Merecen morir, si, todos merecen morir. Tome el arma de mi padre, y los cace, uno a uno. Un tiro en la frente, no soy cruel. Después de todo no soy una villana. En una noche utilice las 24 balas de mi padre. De madrugada, mientras mi última victima me miraba aterrada, me puse a pensar como lograría estar con ella, como alcanzar esa meta de estar juntas para siempre. “Te pediría una opinión, pero si te destapo la boca vas a gritar”. Mi victima lloraba y lloraba, y para consolarla le puse un .45 en la cabeza.
Faltaban unas horas para que saliera el sol. Fui a su casa, y despache a sus padres. A ellos si los hice sufrir. Un balazo en el pene a su padre, y uno en la ingle a su madre. Los deje desangrar, mientras amarraba a mi amada. Me la lleve a nuestro lugar secreto, donde nos amamos por primera vez. Pensaba y pensaba, ¿cómo estar juntas para siempre? De repente, fui iluminada. ¡Era tan fácil! ¿Cómo no se me ocurrió? ¡Era tan obvio! Así que sin pensarlo mucho, la devore.
I.J. Vázquez Torres ©
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