Era una tarde común y corriente, llena de una singularidad asfixiante. El viento se deslizaba por las sucias calles de la ciudad, donde estaba ausente el aroma de la naturaleza. En la jungla de concreto, el único olor que era posible percibir, era el de la polución. Ya nadie notaba el cielo, pues sus mentes estaban constantemente inundadas por el recuerdo de incontables responsabilidades. Muchos transitaban automáticamente por la ciudad, sin saber que existían, sus vidas carentes de dirección, de sentido, de significado. Infectados por las consecuencias del modernismo, se cuestionaban así mismos a que se debía el vacío que les quebraba el alma. Otros buscaban llenar sus vidas con algo que desalojara de sus corazones el deseo del fin. Muchos, simplemente lo abrazaban con total libertad.
Entre estos seres ansiosos, cazadores de sentido y significado, estaba Ignacio. Un joven demasiado usual, indistinguible de sus pares. Fue abandonado por la crianza moderna, que le brindaba todas las necesidades materiales, y al mismo tiempo poco contacto con su madre, y ninguno con su padre. Se pasaba horas buscando algo que llenara su corazón, que reafirmara su sentido de importancia, que adulara su ego.
Fue así que el joven Ignacio se transformo en un voraz habitante de la biblioteca, quemando minutos de su vida en la sección de libros prohibidos, saboreando textos censurables, y lectores proscritos. Sus lecturas eventualmente llamaron la atención de “Ellos”. Un grupo imposible de encontrar, al menos que así lo desearan. Al analizar el contenido de las lecturas de Ignacio, determinaron que el joven accedería a unírseles.
Poder. Le ofrecieron poder. La capacidad de alcanzar lo que deseara. Le dijeron que no existía el mal, que eso era un cuento para mantenerlo en su patética vida. El poder era todo, y la voluntad para usarlo. Sin remordimientos, sin ataduras sentimentales, el mundo era del que tomaba acción. No fue necesario una predica más profunda, en meros minutos Ignacio arrojo a un lado las escasas enseñanzas maternales, y accedió a unirse al grupo.
Lo primero que le enseñaron fue el verdadero nombre de la agrupación “Somos el Sol Negro”, declaro su maestro. “Nuestro fin es lograr la llegada del hombre nuevo, y reformar el mundo, crear algo mejor de lo que existe”. Lo segundo que le enseñaron fue la belleza de la magia, y lo útil que resulta su uso. “¿Para qué peder el tiempo en oraciones?” le dijo su maestro una tarde, mientras compartían un té amargo. “Todos poseemos la capacidad de lograr nuestros deseos. Solamente es necesario poseer el valor para hacerlo”. Las palabras de su instructor entraban como el aroma de las flores que le rodeaban. Tenue pero firme. Cada día su entrenamiento lo adentraba más en la sabiduría del grupo, y eso lo llenaba de satisfacción.
Pero aun no era miembro oficial del Sol Negro. Ese privilegio se reserva para los que ofrecen una muestra de fidelidad. Cuando se la pidieron, Ignacio se adentro en sus recuerdos, buscando fortaleza para mantenerse firme en su decisión. Había encontrado algo que le llenaba, y no iba permitir que nada se lo arrebatara. Se acerco a su maestro, evitando mirarlo a los ojos. La presencia del anciano era innegable, pero su mirada era aplastante. Ignacio jamás pudo soportar la intensidad de los ojos del viejo. “La muestra de fidelidad, ¿puede ser cualquier cosa?” le pregunto más para matar el tiempo que por duda. Ya conocía los parámetros del grupo. El viejo detecto su treta, y le contesto en tono amenazante “Sabes bien la respuesta. No es el momento para demostrar debilidad. Recuerda, el mundo le pertenece al que se despoja del miedo”. Sin permitir que el viejo tomara aire para seguir hablando, Ignacio le dijo “Siempre he odiado a mi hermana. La mimada de mis padres. La privilegiada, la consentida. Cuanto odie el día que mamá llego del hospital con ella”. Su maestro lo miro lleno de aprobación. Sin remover su mirada penetrante le contesto “el odio es bueno, es parte de la naturaleza humana. Tu odio te ayudara a tomar las acciones necesarias para seguir adelante en la vida”.
Ansioso por probar sus nuevas habilidades, el joven Ignacio decidió realizar un conjuro para deshacerse de su hermana. Era algo tan fácil que un novato como el podía ejecutar sin la supervisión de su maestro.
Lejos de la ciudad, se extendía con majestuosidad el bosque nacional. La multitud de verdes decoraba las veredas y los caminos, creando un océano de árboles y arbustos. El aroma de las flores era superado por la imponente luz de la luna llena. En medio de toda la belleza de la creación, había una choza. La obra humana sobresalía como una herida en la piel. Dentro de la choza, se encontraba Ignacio, listo para su fratricidio.
Sentado en el medio de la casucha, rodeado por velas, y meditando, Ignacio comenzó a suspirar la encantación: “Eh dat mah li va”. Pronunciaba cada silaba con delicadeza, como si estuviese besando el aire, buscando con calma que le reciprocara. El aire entraba y salía de sus labios con un ritmo primitivo, sacando de la mente cualquier imagen que no fuera su odio. Lentamente fue aumentando el ritmo y el tono de su voz, haciéndose más violento, lleno de una calidad animal, hasta que se torno en un grito de guerra. Cada vez gritaba con más fuerza a la oscuridad la encantación: “EH DAT MAH LI VA”, buscando impregnar las palabras con su furia y su rencor. Pronto el cuarto fue perdiendo calor, hasta que fue inundado por un frío glacial. Mientras tanto, el aire comenzó a llenarse de electrostática, causando una irascible comezón en la piel expuesta. Poco a poco la choza se lleno de un olor extraño, un aroma que no pertenece al mundo de los mortales. Ignacio, ya no estaba solo.
Recordando sus lecciones, mantuvo los ojos cerrados. Szoldhas era un ser cuya imagen enloquecía al no iniciado, y quebraba el corazón del descuidado. Muchos perdieron su humanidad por no asumir una postura de respeto ante el antiquísimo ser. Sin perder más tiempo, Ignacio comenzó hablar. Lleno de seguridad y de valor, dijo “Szoldhas, invoco tu presencia para implorar un gran favor. Haz que mi hermana sufra, que su piel se agriete, que sea envuelta en llamas, y que su corazón deje de latir”. Inmediatamente Ignacio abrió sus labios para dejar escapar un grito de agonía. Fue aprisionado por el dolor más penetrante que jamás experimento en su vida. Se dejo caer al suelo, mientras su piel se agrietaba como suelo sediento de agua. No pudo resistirlo más y abrió los ojos. La sorpresa fue tal que eclipso el dolor que lo devoraba.
Frente a él estaba algo aterradoramente hermoso, un ser que lo contemplaba detenidamente, con curiosidad. La criatura se acerco con pasos medidos, tan delicados que no emitían sonido en la madera carcomida por los años. El pobre Ignacio dejo de buscar donde fue que se equivoco Era imposible que se hubiera equivocado, luego de tanto ensayo y preparación. Incluso la pronunciación del mantra, la cual estudio con diligente intensidad. No, algo con lo que no contaba era la respuesta. Conciente que pronto iba ser envuelto en fuego, le pregunto a Szoldas “¿por qué?, yo te invoque, se supone que me sirvieras en todo”. La hermosa criatura entro en su mente, y le mostró a su hermana, en un cuarto oscuro, pronunciando las palabras “Eh dat mah li va”. En su mente la pudo ver con suma claridad, haciendo los mismos gestos, respirando calmadamente, en absoluta concentración. Pudo ver como su voz fue mutando de suave canto angelical, a un grito desenfrenado, casi orgásmico en su violencia. Finalmente, la llegada del frío penetrante, el olor inhumano, y la presencia herética. En la calma de la recamara, Ignacio escucho claramente la petición de su hermana “Defiéndeme de mi hermano. Todo lo que me desee, que lo sufra él”. En ese instante, mientras era arropado por las llamas hambrientas, Ignacio confirmó que no fue un error de su parte. Fue algo peor, y más perverso. Su hermana lo escogió a él como su muestra de fidelidad ante “Ellos”.
I.J. Vázquez Torres ©
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