martes, mayo 11, 2010

SANGRE DE ÁGUILA

Ella contemplo con total desprendimiento el resultado de su acción. Sin pena, carente de remordimiento, con nada en el alma, Rosa estaba ñangotada junto a la agonizante María. La desdichada intento abrir sus ojos, un esfuerzo banal en sus últimos minutos de existencia. Su cuerpo se torno en hospedero de salvajes heridas, que le daban fácil salida en cantidades exorbitantes al fluido vital. Su respiración era como puñaladas, cada una más dolorosa que la anterior, cada una funcionando como recordatorio de la situación, del presente, de la muerte. Finalmente pudo abrir sus ojos. Contemplo el piso que hasta hace unos minutos estaba impecable, mientras se esforzaba testaduramente en aclarar su mente. “Eres luchadora, demostración de tú carácter admirable” le dijo Rosa en un tono de voz completamente libre de humanidad. Esforzándose para no perder la conciencia, María dirigió su mirada a Rosa. Ahí la pudo ver, de cuclillas, desnuda, llena de sangre, con los ojos carentes de todo. Su cuerpo esculpido por interminables horas en el gimnasio, asumió características que daban la impresión que se había tornado en una estatua de mármol. “Esto es para demostrar mi poder sobre mi destino. Mi poder sobre el destino de los demás. ¿Sabes lo que es la “sangre de águila”? Es una tortura vikinga. Tomaban a una victima, y lo ponían boca abajo, y le extirpaban los pulmones, sin arrancarlos por completo. Los dejaban de tal manera que daba la impresión que la persona le salieron alas. Siempre quise ver eso, y ahora, gracias a tu cooperación, podré disfrutar de tan maravillosa obra”. María comenzó a mover su boca, en un intento de suplicar, pero estaba muda. Rosa le había roto la faringe. Con la delicadeza de una bailarina, Rosa se irguió. Una acción hermosa y aterradora en su simpleza. Sus pies se alzaban y bajaban en un ritmo musical y espectral, mientras se colocaba encima de su victima. Lentamente, agregando segundos a la expectativa, se inclinó hasta reposar sus nalgas en la espalda baja de María. Tomando un cuchillo, comenzó a cortar la piel y la carne. La agonía reemplazo los otros dolores. María gritaba en su mente, el dolor le regreso un poco de energía. Alzo su cabeza mientras cerraba los ojos, suplicando que todo fuera una terrible pesadilla, mientras el metal entraba cada vez más en su espalda, y más sangre emergía de las prefundidas de su cuerpo. Rosa miraba sin interés como el metal del cuchillo se empapaba de rojo, a la vez que oiga el sonido que emitía la carne de María mientras era cortada. Su concentración era absoluta. Poco a poco logro hacer los dos orificios por donde iban a salir los pulmones. Al mismo tiempo, la victima era invadida por desespero, sus brazo derecho se alzo en un gesto de suplica. Ya el miedo fue sustituido por pánico. “Ahora viene la parte realmente dolorosa”. En minutos interminables, Rosa introdujo su mano derecha en el primer orificio, agarro bien fuerte, y extirpo el pulmón derecho. La agonía era avasalladora, nublando todo pensamiento y todo recuerdo, mientras el cuerpo protestaba con convulsiones débiles. Cuando metió la mano para arrancar el pulmón izquierdo, ya no quedaba conciencia en el cuerpo de la desdichada, el dolor era tal que todo lo que formaba su personalidad fue borrado. Segundos antes las oraciones fueron olvidadas, ya no quedaba esperanza. Al final, quedo un cuerpo en el piso de una hermosa cocina, un piso que horas antes era primoroso y resplandeciente. Un cuerpo que daba la impresión de ser un ángel con pequeñas alas.

I.J. Vázquez Torres ©

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