“Hazlo”. De entre la niebla del sueño, el joven trato de distinguir sus alrededores. Era la segunda vez que despertaba ante el sonido de esa voz. Una voz inmaterial que jamás lograba identificar. La noche aun dominaba el mundo, y los gallos estaban ansiosos de ver el sol. Se irguió poco a poco, dudando de que fuera un día fácil. Sus padres se encargaron de hacerles la vida imposible a todos. Un pensamiento que nunca lo abandonaba.
Cuando se hubo lavado el rostro, se arrodillo y cumplió con su deber matutino. Una oración al dios de sus padres. Desde muy joven invento una formula fácil y simple, pues en su mente le resultaba tonto hacer plegarias extensas. Mientras pronunciaba mecánicamente las palabras, los vellos de su cuello se irguieron, a la vez que se llenaba de una intranquilidad delirante. Se puso de pie al tiempo que gritaba quien estaba ahí, lo cual resultaba estúpido, pues además de su familia, no había más nadie.
Como lo predijo, el día no iba a ser fácil.
-Lo primero que harás-, le dijo su padre, -es ir al granero y revisar las trampas. Esas malditas ratas están causando estragos. Luego iras a ver la vaca herida, y si no ha mejorado la sacrificaras. No olvides que te toca arreglar el techo de la casa. Después…-. La lista era interminable, y deseo que su familia entera desapareciera.
El sol caminaba por el cielo, repitiendo la interminable rutina celestial. El estaba limpiaba el gallinero, sin poner mucho afán en lo que hacía. La monotonía de la tarea lo llevo a ese punto donde no hay ningún pensamiento en su cabeza. Lo cual hizo que escuchara con extrema claridad esa palabra. “Hazlo”. Dejo caer el cubo, miro a su alrededor, tratando de determinar de quien era la voz. Se dirigió a la entrada de rancho, para gritar, cuando escucho pisadas detrás de el. Eran firmes, como si su dueño deseara ser descubierto. Se dio vuelta, pero encontró solamente a las gallinas y su incesante conversación. “Siiii, hazlo” volvió a escuchar. Cerro los ojos, respiro profundo, y dejo su tarea sin terminar.
La tarde avanzaba como todas las anteriores. Estaba quebrándose la espalda en el arado como todos los días, con la inmensidad del terreno sofocándolo. En esos momentos enumeraba todas las recriminaciones que deseaba decirles a su padre y a su madre, pero que el respeto le impedía. Era culpa de ellos el que estuvieran en aquella situación de dolor y sufrimiento. Pero estaba obligado a respetarlos. Así que tornaba su atención a cual fuese la tarea que le tocaba en aquel instante.
Mientras arrancaba la mala hierva, los vellos de su cuello nuevamente se irguieron. Su estomago emitió diversas protestas, y su piel se torno helada. La sensación de peligro lo abrazaba como el fuego a la madera. Trato de rezar para apaciguar su incomodidad, sin embargo el sonido de pisadas lo desconcentro. Miro para todos lados, pensando que su hermano estaba tratando de hacerle una broma. Pero inmediatamente descarto la idea. Su hermanito era demasiado bueno para hacer bromas. Su reflexión fue interrumpida por la voz de aquella mañana. “Que esperas, hazlo”.
Era la hora de la oración. Como de costumbre su hermano lo acompaño. Era una costumbre que desarrollaron desde muy niños. Todos los días a las 3 de la tarde, se juntaban para ofrecer sus oraciones y regalos a dios. Cuando llego al lugar preferido, contemplo todo lo que su hermano trajo para el ritual. ¿De donde saca el tiempo para prepararse?, se pregunto al examinar con detenimiento todo lo que su hermano llevo. Flores, frutas, maderas aromáticas, vino. “Te quiere humillar” dijo la voz. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, mientras su mente se llenaba de rencor. “Llevas tiempo deseando hacerlo. Ahora es el momento”. Dejo de caminar con naturalidad, mientras su semblante se transformaba. Siempre tan ordenado, tan respetuoso, y obediente, pensó mientras se acercaba. Porque no puede actuar como los demás, suspiro al llegar junto a el.
-¿Cómo? ¿Dijiste algo?
-No, nada-.
“Mientes, se sincero contigo mismo hazlo”. La voz lo acosaba, restregándole sus más secretos deseos en su rostro. “Hazlo. Debes demostrar que mereces respeto”. Su hermano inicio el ritual, mirando al cielo lleno de devoción. “No pierdas tiempo. El te esta robando el amor de dios”. Su rostro fue marcado con lágrimas, mientras agarraba un enorme madero y dio comienzo al acto. Su hermano menor dejo escapar un diminuto gemido, y cayó al suelo. Su cuerpo estaba temblando, cuando el madero nuevamente impactó su cráneo. La sangre mojaba la tierra, mientras los buitres atestiguaban la decena de golpes. Lo empujaba un rencor abominable. Cuando termino, a sus pies se hallaba un cuerpo, y donde antes estaba la cabeza, había una masa de huesos, carne y sesos, que ya estaba llenándose de moscas.
Esa tarde, mientras estaba lavándose en el río, escucho una voz del cielo que le preguntaba “Caín, ¿Dónde esta tu hermano Abel”
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