Fue con sus diestros dedos que capturo su atención. Un consumado arquitecto de escultura en barro, que despertaba admiración en todos. Fue con esos mismos dedos, que la embrujo con su habilidad en el piano. Si, realmente era un genio. Con sus dedos le acaricio la mano antes de tomársela, y dirigirla por el hermoso valle del amor. Suaves, sorprendentemente suaves para un hombre que mostraba la capacidad de trabajar en todo. Y con esos dedos, trazo una línea por su lozano rostro, llenándola de suspiros y magia, de incertidumbre y deseos. Era una locura lo que amenazaba con devorarla si no hallaba una excusa para visitarlo o invitarlo a lo que fuese.
Con sus dedos, le tomo el mentón y la acerco a él. Con este gesto sellaban algo que sus latidos proscribían nombrar, por temor a perderlo. La beso. Suave como amanecer, dulce como la juventud. Sus labios atraparon los de ella, transformando el acto en desorden deseado. En una eternidad, sus almas se fusionaron mientras sus labios proseguían el masaje amoroso. Y mientras el beso se extendía, sus dedos la forraron de caricias tersas, las cuales ella iba guardando en su mente.
Con sus dedos, él pintaba mini-cuadros que le regalaba como si fueran parte de su ser. Paisajes utópicos que revelaban un alma noble y amorosa. Con sus dedos la ayudaba a relajarse con masajes extensos, mismos que ella aprendió a reciprocar. La llama de sus mimos era inextinguible.
Un día, sus dedos cruzaron el valle de su espalda, y con total certeza, la acerco a él. Su beso era uno ansioso y meloso, lleno de anticipación. Con sus dedos acaricio sus senos, que eran suaves y jugosos. Sus pulgares causaban descargas eróticas en ambos pezones, y ella se negaba a abrir los ojos. Con sus dedos, él fue trazando un camino desde su pecho hacia su pelvis, enviando señales lujuriosas por el cuerpo de su amada, hasta que llego a su meta. Y con sus dedos, comenzó a masajear su ya humedecida feminidad. Toques suaves. Toques lentos y serenos que luego se trasformaban en desesperados. Toques circulares que embadurnaban esos mágicos dedos en fluidos de ansiedad, hasta que finalmente el desespero la llevo a gritar que se dejara de pendejases y se lo metiera. Que la hiciera suya, que le entregara por completo eso que llevaba atrapado en sus pantalones. Que se lo iba a chupar, que lo iba a montar como nadie lo había hecho. Simplemente que se la follara como una bestia. Se amaron, se consumieron, se vinieron.
El tiempo paso, y con esos mismos dedos que tanto la hicieron amar, un día él la estrangulo.
I.J. Vázquez Torres ©
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