martes, mayo 11, 2010

EL FIN DEL MUNDO

Cuando concluyó con el acto, se recostó al lado de ella para recuperar el aliento. Luego de unos minutos de silencio, su cliente, un hombre de noble apariencia y que se consideraba a sí mismo como responsable y honorable; coloco el pago por los servicios sexuales en la coqueta. Se vistió con toda la normalidad del mundo, como si estuviese en su propio dormitorio. Miro a la prostituta que le sirvió, y lleno de honestidad le dijo “realmente eres una experta.”
Al emerger de la recamara, se acercó a la madame, sonriendo como mozo de escuela intermedia. La tomo de la mano, e irradiando satisfacción le exclamo -¡Usted es un genio! La ha adiestrado muy bien.- La mujer de presencia inicua le contestó con una sonrisa picara, disimulando su aburrimiento. -Por su puesto que estaba bien adiestrada- pensó, todas sus chicas lo están. Pero hay que alimentar el ego de los clientes, de lo contrario pueden dejar de auspiciar su negocio. Lo acompaño a la puerta, ansiosa de despacharlo.
Al llegar a la puerta, el hombre se volvió a mirarla, aun maravillado por su experiencia. Sin parpadear le dijo –le garantizo que la recomendare a mis amigos.- No mentía. Realmente esa tarde iba a promocionar a la chica con aquellos que estaba seguro compartían su gusto por las casas de sexo.
Esa tarde cerró temprano su negocio, pues solamente deseaba ver el desempeño de su más reciente adquisición. Y por lo visto, no perdió el tiempo adiestrándola. Entro a la recamara que aun olía a sexo, y se dedico a examinar cada centímetro del cuerpo de su nueva chica. Una vez segura de que no fue golpeada, la llevo al baño para asearla. Era exigente con sus chicas, pero a las mejores le gustaba servirles de esta manera a modo de recompensa. Mientras le enjuagaba el cabello, le hablaba con suma dulzura, informándole la excelencia con la cual realizo su trabajo. –También hay que alimentarle el ego a las chicas- pensaba –de lo contrario dejan de esforzarse-. De repente, interrumpió lo que hacía, pues se acordó de algo muy importante. Mirándola a los ojos, le dijo “mi niña, ¿hiciste las asignaciones?”.

I.J. Vázquez Torres ©

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