martes, mayo 10, 2011

HAY SANGRE EN LA NIEVE

Había una vez, en un lugar muy lejano rodeado de bosques vírgenes y ríos limpios, una hermosa ninfa. Una criatura cuyo hermoso rostro paralizaba cualquier alma que la contemplara. Ella era dueña de unos ojos de resplandor incomparables, que hipnotizaban al que los admirara, y llenaba de paz a quien los recordaba. Una damisela con una voz mágica, dulce como la miel y suave como la brisa de primavera. Cuando cantaba provocaba la envidia de los pajarillos y la adoración de los párvulos. De dicción impecable, y vocabulario extenso, capaz de conversar con todos sin resultar altanera ni insultante. Esta chica caminaba con la elegancia de los cisnes, deslumbrando a los caballeros y atrayendo la buena envidia del resto de las jóvenes. Realmente era una joven esplendorosa, a quien admiraba a lo lejos, consciente de la finitud de su hermosura. Era horrible pensar que los años en su crueldad, marchitarían su magnificencia. Y como me resultaba imposible pensar que con el pasar del tiempo terminaría su perfección, logre que dejara de envejecer en un acto de fe.

El Tiempo de la Cosecha

Cuando cerró la puerta, se pregunto a sí mismo si el día de hoy sería una repetición de las sesiones anteriores. Llevaba cuatro semanas atendiendo el caso que le hizo cuestionarse los parámetros de su profesión. ¿Realmente la empatía iba ayudar a que su cliente mejorará? ¿Era posible salvar esa alma con tan sólo fe en sus fortalezas? En la universidad le enseñaron a seguir sin cuestionar el dogma de Carl Rogers. Como evangelio le leyeron y le inculcaron la idea de que la aceptación incondicional junto a la empatía, funcionarían como bálsamo bendecido, y que todo cliente elegiría salir de su prisión psicológica. Y como feligrés ingenuo, lo tomo e integro a su vida como verdad absoluta e infalible. Hasta que inicio el proceso de terapia con Adele. Una dama de edad incierta y que aparentaba haber sido abandonada por las emociones. Alta, de cabellos abundantes y mirada despótica. Era difícil que hablara sin que hiciera alguna mueca, lo cual a veces distraía al experimentado psicólogo. Cuando Adele se sentó por primera vez en la butaca, lo miro fijo mientras le decía que no sabía por qué tenía que hablarle. Fue desagrado a primera vista, sin embargo su profesión le ordenaba que mirara más allá de la prepotencia.
Se miraron por varios minutos. Ella aparentaba total desinterés, y él se negaba a participar de su juego. Si deseaba silencio, se lo iba a otorgar. Cuando finalmente hablo, fue para hacerle el mismo comentario que llevaba haciendo por las últimas cuatro semanas.
- Me encanta tu sortija-. Un comentario que inicialmente ignoro por completo. Pero la intensidad del interés, y la insistencia por saber donde la había obtenido, lo llevo de la incomodidad hacia el desprecio.
-Adele, ¿Qué significa para ti la sortija-. Su intención era tornar en material terapéutico el interés casi enfermizo en su sortija. Adele era distinta a las demás pacientes. No le interesaba mucho el buscar alternativas ni explorar nuevos caminos. De los 50 minutos de la sesión perdía entre 5 y 6 minutos en negarse hablar, para luego perder otros 10 hablando de la sortija. El resto de la sesión se movía con asfixiante lentitud en un ejercicio de futilidad. Ella aparentaba moverse hacia adelante, pero cuando se percataba que estaba abriéndose, se tornaba hostil y exigente. Pero se negaba a claudicar, aun cuando estaba comenzando a perder la fe en el todopoderoso Rogers.
Ella guardo silencio, mirándolo fijamente con total desagrado. Aun estaba resentida por la sugerencia tan espantosa que le hizo en la sesión anterior. Tal vez, le dijo él, los demás están reaccionando a tu lenguaje corporal. Fue como una bofetada, pero guardo silencio. No iba a permitirse demostrar incomodidad ante su terapeuta.
-¿Qué significa la sortija para mí? ¿Qué pregunta es esa? Me gusta, nunca he visto una como la suya. Es un artefacto de lo más original. ¡Y mire que me he matado buscando una igual!-
Eso lo tomo por sorpresa. Se acomodo en su butaca y evitando revelar su molestia le pregunto a donde había ido a buscarla. A cuanta joyería hay en la ciudad, contesto ella sin ninguna emotividad. Mientras la escuchaba comenzó a sentirse caliente. La miro detenidamente, tratando de vislumbrar si Adele estaba bromeando, o si realmente llevaba un mes buscando una sortija idéntica a la suya.
-No pensé que te gustara tanto-, le dijo tratando de canalizar su desagrado.
-¿Gustarme? Me fascina. Es el pedazo de joyería más original que he visto. Y yo quiero una como la suya. No voy a parar hasta que la encuentre, y aunque tenga que sobregirar mis tarjetas de crédito, la voy a comprar-. Increíble, pensó mientras las palabras entraban en su mente. Y fue en ese instante que comprendió realmente la magnitud de la situación. Tantas preguntas raras, tantos comentarios, ella llevaba todo este tiempo tratando de averiguar donde él había comprado la sortija sin tener que preguntarle directamente.
-Hubiera sido más fácil preguntarme directamente donde la compre-.
Con una sonrisa sarcástica, ella le contesto que así no era divertido. Se miraron fijamente en silencio por varios minutos, en los cuales el calor se torno intenso. Miro su sortija y luego la miro a ella. Ahí, sentada en su silla como si fuera todopoderosa, haciéndole perder su tiempo. Se puso de pie y comenzó a gritarle. A decirle lo patética que era, que por alguna razón todos la habían abandonado. Que mejor abandonara toda esperanza de reconciliarse con sus hijos y fuera ahorrando dinero para mudarse a una egida en cuanto tuviera la edad. Que se preparara a una vejez en soledad.
Caminaba por la oficina con una ansiedad amenazante, enredando las vocales y confundiendo las palabras. Gesticulaba con las manos como si estuviera recibiendo descargas eléctricas, tropezándose con el aire. Llego el momento en que dejo de hacer sentido lo que decía, así que se sentó. Se aflojo la corbata para aliviar la presión que sentía en su garganta. Respiro profundo varias veces mientras se desabotonaba los primeros tres botones de su camisa. El silencio lo apretaba, haciéndole competencia al calor.
-Luis, ¿cómo te sientes ahora?- La miro como si fuese la primera vez que la veía. Confundido, miro a su alrededor, y se percato que no estaba en su oficina. La miro a ella y por alguna razón le miro las manos. Ahí, en el dedo índice, estaba su sortija. Se miro las manos, y noto que no llevaba la suya.
-Quiero que me devuelvas mi sortija-, le dijo con malevolencia en la voz. Ella toco un botón y entraron dos enfermeros gigantescos. Uno de ellos le toco delicadamente el hombro mientras lo invitaba a regresar a su cuarto.
La doctora entre al cuarto contiguo a su oficina. Ahí estaban sus estudiantes que estuvieron mirando todo por el cristal unidireccional. La primera pregunta que le hicieron fue sobre el origen del delirio del paciente. Esta les contesto que Luis fue un profesional de la salud mental.
-Entonces-, interrumpió uno, -¿de verdad él era sicólogo?-
La doctora bajo la mirada. Su corazón se inundo de lastima y dolor mientras recordaba cuando su colega era dueño de sus facultades, antes del derrumbe total de su psique. Antes de que se creara un mundo alterno de donde se negaba a salir, y ella era simplemente un fantasma más que adornaba su delirio.
-Sí. Luis era psicólogo. Estudiamos juntos y compartimos una oficina por varios años-.
-¿Qué le paso?- le pregunto la única fémina del grupo.
Consciente de que violentaba los principios de privacidad, les contesto que un día sin razón aparente, asesino a una paciente de la forma más salvaje posible. Cuando los enfermeros entraron en la oficina, lo vieron sentado en su butaca, bañado en sangre y hablando solo, mientras jugaba con una sortija, que le había quitado a la occisa. ¿La paciente se llamaba Adele?, le pregunto uno de los estudiantes. Lo miro fijo a los ojos, y luchando contra las lágrimas le contesto
-Adele era la hija de Luis. Llevaba meses desaparecida…la sortija que le quito a la paciente, era de ella-.
Iván J. Vázquez Torres ©

La Oficina

Estaba hastiado de tanta ingratitud y de que sus esfuerzos fueran constante y completamente descartados. Cada día era un martirio detrás del otro, lleno de injurias difíciles de olvidar. Sin embargo le faltaba voluntad, además de carecer de la autoestima suficiente para quejarse, mucho menos darse a respetar. Así que guardaba silencio en todo momento, mientras su jefe iba dictándole las instrucciones del nuevo día como si fuera una receta de cocina, aprovechando la oportunidad para recordarle sus errores junto a sus mediocridades. Esto es insultante, pensaba cuando escuchaba sus supuestas insuficiencias. ¿Acaso todo lo que hago es basura? Su jefe, al notar que su empleado no estaba totalmente presente, le grito con total malicia en el oído. El brinco de su cobarde empleado fue tal, que desato un ataque de risas en el tirano. Un sonido áspero y flemoso, secuelas de los palillos de cáncer que consumía como si no hubiera un mañana.
Que buen cabrón es, pensaba al tiempo que trataba de aquietar sus salvajes latidos. Siempre lo mismo, se repetía mientras lo miraba con desdén, cuestionándose porque se acobardaba ante su presencia. Mientras tanto, el dictador tomo asiento al tiempo que le indicaba con el dedo que se acercara. Un gesto descortés que le incomodo con mayor intensidad que en otras ocasiones. En los años que llevaba en la empresa, nunca lo invitaba a sentarse. Lo trataba como se retrataba, como un gusano sin voluntad que no era merecedor de un trato cortés.
Con cada paso se preguntaba cual era la razón para su mansedumbre enfermiza, recordándose a sí mismo que él era un profesional, que era dueño de un resume deslumbrante. Que alguien con su preparación y su experiencia debía estar sentado en la silla de supervisor, repartiendo instrucciones. Pero la verdad era otra. La verdad era que vivía humillado continuamente por un troglodita que se enorgullecía de a penas tener un cuarto año. Se detuvo detrás de su jefe, como ya estaba acostumbrado, y continuo escuchando la lista de deberes que le esperaba.
-Oye atentamente, ya sabes lo mucho que me enoja tener que repetirte las cosas-. Sin tomar aire comenzó a detallar cada paso de las funciones que tenía que realizar ese día. Cada instrucción estaba acompañada por algún sarcasmo dirigido a su preparación académica, o recordarle que era un mero empleado de línea. Nuevamente una oleada de ansiedad empezó a subirle por la espalda, llenándolo de diminutos calambres, como si millones de insectos le estuvieran caminando por la piel. Necesitaba dejar de mirarlo si iba controlar la angustia que le mordía el alma, así que desvió su mirada al escritorio. Inmediatamente fue atraído por un objeto que por su belleza sobresalía del desorden que le rodeaba. Era una tijera.
La contemplo como si fuera la primera vez en su vida que miraba una tijera, como si fuera un objeto misterioso y enigmático. La observaba con total concentración, admirando el mango de plástico color azul marino, el largo y filoso metal. La tijera estaba inmaculada, revelando que nunca había sido usada. Además de abusador, su supervisor era una bestia. Cada vez que necesitaba cortar algo, prefería usar sus manos o gritarle a la diminuta secretaria.
Repentinamente, su corazón retorno al ritmo tormentoso de hacia unos minutos. Gruesas gotas de sudor le empezaron a mojar la espalda, mientras sentía una presión agobiante en el cuello. Miro a su odiado patrón, con la cara mal afeitada y los oídos llenos de cerilla. Esto es lo que me supervisa, pensó con asco. Un cerdo, un gran cerdo es lo que me supervisa.
Miro nuevamente la tijera, pensando que los metales eran inusualmente largos. Tan largos que si las enterrara en un cuello, lo atravesaría por completo. Regresó la mirada a su jefe, y examino detenidamente su cuello. Era delgado, sin tono muscular, con una diminuta línea de sucio adornándolo como si fuese un collar. Además de ignorante y puerco, su patrón era un debilucho que rehuía de todo esfuerzo físico.
El sudor brotaba con mayor intensidad, humedeciéndole los cabellos y quemándole los ojos. Trato de respirar con normalidad, pero le resultaba imposible. Los músculos de su cuello y su boca se endurecieron, al tiempo que trataba de ignorar los gruñidos de su estomago. Nuevamente dirigió su mirada hacia las hermosas tijeras, al tiempo que escuchaba a su jefe decir
-A ver si está vez haces bien tu trabajo, pedazo de mierda-.
Agarro las tijeras y las enterró en el cuello flacucho de su verdugo con tal fuerza que lo atravesó por completo. Un chorro gigantesco de color carmesí emergió de la letal herida, mojando todos los documentos del escritorio y las paredes circundantes. El agonizante comenzó a sacudirse, lleno de terror y dolor, produciendo una danza macabra que hizo reír al asesino. Bailo en su asiento por varios minutos hasta que finalmente quedo quieto, con la mirada de desesperación tallada en su rostro. Un mar de sangre manchaba todo el escritorio, inundando la oficina con un olor metálico. Se acerco para poder mirarlo con detenimiento, para admirar los resultados de su acción. Finalmente había descargado el rencor de tres años en un segundo, lo cual desato un ataque de risa, misma que paró en seco cuando su jefe lo llamo a gritos
-¡Gómez! ¡Gómez! Mierda Gómez, ¿otra vez soñando despierto? Joder hombre no en balde eres un inútil-
Perplejo, observo como las tijeras se movían mientras hablaba, y como más sangre brotaba de la boca del difunto. Cerró los ojos aterrado. El mundo intentaba escapársele, mientras una bola de ácido le subía por el estomago. Lucho para no vomitar, mientras se mojaba constantemente los labios para aliviar la resequedad de los mismos. Sus manos no paraban de temblar, y su corazón amenazaba con romperle el pecho.
Abrió los ojos, y ahí estaba el cerdo, vivo, mirándolo con repugnancia. No había ni una sola gota de sangre en todo el escritorio ni en las paredes. Con gran desespero busco con la mirada pero no encontró la tijera.
-Gómez, váyase a su casa. Creo que hoy no está en disposición de trabajar-.
Asintió con la cabeza, sintiendo como la derrota lo aplastaba. Dio media vuelta y se alejo, arrastrando los pies. Cuando estuvo en el umbral de la puerta escucho el chillo de su jefe pidiéndole que le devolviera su tijera. Se detuvo, el pánico subiendo por su pecho al tiempo que miraba su mano izquierda. Ahí, envuelta en sus dedos estaba la hermosa tijera con el mango azul marino.
-Es para hoy Gómez, vamos muévase ¿o necesita que le explique que significa que me devuelva la tijera?-.
-Si Pérez- contesto sin emoción, -le voy a devolver su tijera-.

Iván J. Vázquez Torres ©

miércoles, julio 21, 2010

SIN TITULO IV


Estaba al borde del abismo, mirando con demasiado detenimiento las masas amorfas que danzaban en la lejanía. Algunas de éstas eran grotescas, mientras que otras simplemente eran indefinibles. Todas eran aterradoras en su naturaleza, y en lo que implicaba su existencia. La barrera que las separaba del mundo de los mortales, finalmente se quebró y pronto iban a ascender para sumergir la humanidad en penumbra y muerte. Una vez afuera de su prisión, iban a asfixiar la luz con su crueldad, manchando todo lo bueno con su malevolencia y odio.

Mientras continuaba mirando, incapaz de moverse, la nausea lo embargo y tuvo que vomitar incontrolablemente. La realidad lo abofeteo, pues comprendió que nadie iba a librarse de la marejada de muerte que ascendía de la fosa. Sollozando, se arrodillo lentamente en el borde, sin despegar la mirada del terror que estaba escalando lentamente las rocas, emitiendo sonidos inhumanos. Ahora si entiendo, se dijo así mismo, como tratando de obtener un poco de calma ante el inminente destino.

El cielo comenzó a oscurecerse, al tiempo que un silencio siniestro devoraba toda señal de vida. Todo estaba temblando, y aunque se encontraba a millas del pueblo más cercano, sabía que la gente estaba comenzando a entrar en pánico.

Uno de los habitantes del abismo finalmente alcanzo el borde. Su inmensidad era superada por el horror de su mirada y el odio que manaba de su piel nauseabunda. Se negó a bajar la mirada, desafiante en todo momento. La criatura lo miro con detenimiento, mientras que el resto de su raza salía del abismo, como expulsados por un volcán, oscureciendo el cielo en su totalidad. El calor del sol abandono el mundo, posiblemente huyendo de lo que estaba por suceder. José continuaba mirando al engendro, llorando como lo hacen los condenados a muerte.

I.J. Vázquez Torres ©

sábado, julio 10, 2010

ANAMNESIS

El Sr. Gustavo Audeliano Figueroa es un varón de 38 años, de ascendencia europea, soltero y sin hijos. Actualmente vive solo en un apartamento en la parte central de la ciudad, y es empleado de Icthenax, donde labora como programador de computadoras. Posee un bachillerato en ciencias en computadoras, y varias certificaciones profesionales. El Sr. Audeliano niega historial de tratamiento psicológico y/o psiquiátrico previo. Asimismo, niega historial de hospitalizaciones psiquiátricas agudas o parciales. El cliente llego puntual a la cita, a la cual asistió vestido de manera apropiada. Aparentaba estar aseado y en buen estado de salud. Durante la sesión, el paciente mantuvo un contacto visual apropiado y hablo en un tono de voz normal, con un ritmo de producción de ideas adecuado. Se comunicaba de manera clara, lógica y concisa. Su nivel de actividad motora es descrito como hipoactivo. El cliente se sentó y no cambio de posición durante la sesión. A través de la entrevista se observo de afecto aplanado y ánimo oscilante entre normal y pesimista. El proceso y el contenido de su pensamiento fueron coherentes, con buen juicio e introspección; y se encontraba ubicado en las tres esferas. Del mismo modo, el Sr. Audeliano se mostro cooperador, amable y franco aunque en ocasiones distraído. Se relaciono de manera positiva con el evaluador en todo momento, y dispuesto al trabajo terapéutico. Al momento de la entrevista no se detectaron disturbios en el pensamiento, ni la presencia de alucinaciones. El paciente es hijo único, y fue criado por ambos padres. El padre del cliente era licenciado en farmacia y su madre tecnóloga médica. Ambos eran miembros activos de la comunidad, y de actividades culturales. Según informa el cliente, su relación con ambos padres fue positiva. Reporta que sus padres eran personas que “supieron balancear la disciplina con el amor”. Según alega el cliente, sus padres fueron personas de mentes abiertas, cariñosas y con una conciencia ambiental y ética que le transmitieron con ejemplos. Lo motivaban para que participara tanto en actividades académicas como en deportivas y sociales, pero no lo presionaron en ninguna de dichas áreas. Asimismo, le proveyeron de un espacio adecuado durante la etapa de la adolescencia. En cuanto al historial académico, indica que fue una grata experiencia, de la cual guarda recuerdos positivos. No era estudiante sobresaliente, pero realizaba un buen trabajo que le gano el respeto y el apoyo de sus maestros. En cuanto al área social, indica que siempre le resulto fácil hacer nuevas amistades. En la escuela participo de varias actividades extracurriculares, pero la que le llamo más la atención fue el teatro. En el área de relaciones románticas y sexualidad, el paciente indica que “no ha sido una activa”. Alega que sus padres le brindaron una buena educación sexual, y que nunca experimento represión. Desde que comenzó a mostrar la curiosidad típica de la infancia, sus padres se encargaron de brindarle la información necesaria, conducta que se mantuvo a través de su crianza. Indica además que su proceso de pubertad y adolescencia careció de muchos de los conflictos sexuales usuales. Reporta que ha tenido pocas parejas, pero que nunca ha llegado a comprometerse ni estar en una relación estable. Es de notar que el paciente se mostro incomodo durante esta etapa de la entrevista… Nunca mostré interés por las chicas hasta que llegue a la edad de 15 años. Hasta ese momento, las chicas solamente registraban en mi mente como amigas, como compañeras de estudio, como las hijas de las amistades de mis padres. Realmente ni siquiera notaba lo distinto que eran, exceptuando que la mayoría llevaba cabello largo. Aún no contemplaba las curvas de sus cuerpos, ni me embelesaba admirando pechos atrapados en blusas demasiado ajustadas. Creo que era el único de los chicos que asistía a los partidos de volleyball para realmente ver el juego. Ni siquiera consumía minutos en fantasías onanísticas. Era todo un asexuado. Un día una bola altero todo eso cuando golpeo mi cabeza. El impacto me hizo perder el balance y luego de múltiples malabares bufonísticos, caí al suelo. El dolor y la vergüenza de caerme frente a todos, me hizo cerrar los ojos. Agonizaba más por las risas que por la piedra que amortiguo mi golpe. Creo que transcurrieron unos pocos segundos, cuando una voz dulce y llena de preocupación me pregunto si estaba bien. Era hermosa, celestial, era…toda una diosa. Sus ojos hazel me hipnotizaron en su magnificencia, amarrándome en su infinitud. Sus cabellos color miel jugaban con el viento, mientras que sus labios entre abiertos trataban de formar otra palabra al verme inmóvil en el suelo. Mientras me erguía, memorice su cuerpo. Era esbelta, y delicada. El volleyball realmente la beneficiaba. Aún no había sido contaminada con la vanidad de los que están conscientes de su atractivo físico. Era Laura. Comenzamos una amistad que escandalizo a muchos cuando comenzó a tomar tonos románticos. En ese momento, simplemente me resultaba incomprensible las objeciones de mi familia y la de ella. ¿Realmente hay tanta diferencia entre 12 y 15? La relación no prospero. Entre mis padres, mis amistades, y las de ella; la relación se marchito mucho antes de que hubiera un noviazgo. Ese día, cuando ahogada en lagrimas me dijo que no podía más, que mejor nos olvidáramos el uno del otro, me marco de una forma que definiría el resto de mi vida. Cuando el dolor todavía era nuevo, me prometí jamás volver a fijarme en alguien mucho más joven que yo. No volví a estar en una relación hasta los 17. Se llamaba Milagros, de mi misma edad. No tengo muchos recuerdos de ella, excepto que fue con ella que comencé a sentir el Hambre. Estábamos enfrascados en una apasionada sesión de “intercambio de saliva” como ella le llamaba. Su lengua jugaba con la mía mientras sus manos, como empujadas por una locura, apretaban mi espalda, mis brazos, mis nalgas. Yo luchaba por acariciar todos sus rincones, de trazar el mapa de su majestuosidad, de memorizarla completa. Me estaba excitando. Mi cuerpo estaba preparándose para el coito…y fue cuando ocurrió. Un deseo abrumador de morderle el cuello. De enterrar mis dientes hasta que el vino de su vida salpicara mis labios y mi lengua. Apretar con fuerza mientras me bellaqueaba escuchando sus gritos de dolor. Morder hasta que le arrancara carne…morder y morder y alimentarme de ella. El terror que me invadió me hizo empujarla y salir corriendo. Gustavo llevaba toda una vida tratando de suprimir el Hambre. Una concupiscencia que inundaba sus venas de agonía, misma que por instantes atentaba con robarle la sanidad y sumergirlo en perpetua perdición. Un deseo animal que amenazaba con ahogarlo en una locura mortal, capaz de desgarrarle todo su ser. Muchas veces opto por alejarse de todo y de todos. De vivir como un ermitaño y resignarse al dolor que le provocaba el aislamiento, al sinsabor del exilio. Sin embargo la soledad auto-infligida lo deprimía en demasía, y en incontables ocasiones contemplo el darle fin a su problema, apagando la luz de su existencia. Pero amaba la vida, por lo siempre terminaba emergiendo del exilio, y reintegrándose paulatinamente al mundo. Su vida era un ciclo donde el Silencio le brindaba serenidad, que siempre era seguida por una gran intranquilidad, misma que servía de preámbulo a la desquiciante ansiedad. Y era ésta terrible ansiedad la antesala al Hambre. En dos ocasiones sucumbió a ella, llenándolo de vergüenza y odio. Se prometió así mismo que jamás iba a caer, que mejor prefería afrontar la melancolía de vivir como un monje, limitando su vida que volver a quitársela a otra mujer. Luego de obtener el historial, el cliente comenzó a relatar el problema que lo trajo a la consulta, y procedió a explicar cómo era aquejado por algo que él llamaba el Hambre. Según éste informa, solamente puede excitarse imaginando que devora a su pareja. Que solamente ha podido alcanzar una sensación parecida al orgasmo cuando ha herido a una mujer durante los juegos sexuales previos al coito. El Sr. Audeliano informa que tiende a ser asexual, pero que a veces la ansiedad que le provoca el Hambre lo mueve a buscar mujeres. Según alega, ha herido a varias mujeres, aunque pocas de gravedad. También informa que su deseo no es constante, y que ha logrado suprimirlo por largos períodos de tiempo. Al indagar si ha llegado a quitarle la vida a una mujer en un episodio de su parafilia, este lo negó... Fue aterrador. Jamás pensé que fuera a pasar de un simple deseo, a…a un acto tan inmisericorde. Se llamaba Nicole. Ella era una mujer como pocas, y no hablo desde la nostalgia, perseguido por los espectros de un pasado alegre que se perdió en las sombras. No. Realmente era como pocas. Cuando la mayoría de las mujeres de su edad estaban usando sus cuerpos sin importarles que no fueran respetadas, cuando muchas estaban buscando hombres para que las mantuvieran, como medios para alcanzar fines, cuando muchas estaban perdiendo su identidad tratando de llenar los estándares creados por otros, enfrascadas por llenar un modelo inalcanzable; ella vivía su propia vida libre y feliz. Elegante y atractiva sin tener que ser una arrogante. Honesta, y brillante. Deseosa de poder ser autosuficiente pero tampoco una ermitaña que desdeña a los demás. Ella deseaba una pareja, pero alguien que respetara su deseo de triunfar, de ser alguien. Que le brindara el espacio para ser y crecer, pero que también compartiera alguno de sus sueños y metas. Alta, de ojos café y pelo rojizo. Sus manos eran delicadas, las manos de una doncella que había vivido en el privilegio, pero que ahora deseaba vivir de verdad. Estudiaba arqueología para el espanto de sus padres, que les resultaba incomprensible que su princesita quisiera trabajar entre la mugre y la osamenta de seres extintos. Lo nuestro fue algo mágico y acelerado. Como lo suelen ser las relaciones entre dos universitarios. Muchas veces habíamos comenzado la pasión, pero me paralizaba ese deseo de morder, de lastimar. Un día entre lágrimas le dije que me aterraba la posibilidad de lastimarla. Ella simplemente me abrazo y me dijo “déjate ir”. Y así lo hice. ¡Fue horrible! Cada vez que recuerdo…cada vez que veo esos ojos… Eran las dos de la mañana. Sus padres estaban de viaje así que nos quedamos en la sala, libres del miedo a ser sorprendidos. Ella me hablaba bien de cerca, mientras jugaba con mi pelo. El abismo de sus ojos me contemplaba como si fuera una presa, y eso me emocionaba. Acerco sus labios a mi cuello y me beso. Entre besos me suspiraba su amor al oído. La acerque a mí para aspirar el aroma de su piel mientras imaginaba lo apasionada que iba ser esa noche. Mientras la besaba con una pasión ciclónica, la apreté contra mi cuerpo. La deseaba, y me emborrachaba el calor de su piel. Me agarro la mano y la llevo a su seno derecho, el que comencé a masajear inmediatamente. Y el deseo llego. Mi corazón se acelero en una mezcla de ansiedad y terror. Mi sangre pompeaba a toda prisa, y mi respiración se volvió todo un esfuerzo. Su sudor me enloquecía, trate de alejarme pero ella me atrapo. Los besos se volvieron más salvajes, al tiempo que ella metía su mano en mi pantalón para masturbarme. - ¡Ouch! No me muerdas tan duro-. Fueron sus últimas palabras. La excitación llego a un nivel que todo se nublo. Luego de un tiempo indefinible, recupere la conciencia. Me encontraba en un mar de sangre y trozos humanos. A mi lado yacía el cuerpo de mi amada…eviscerada. El estado de su cuerpo me causo pesadillas por muchos años…en especial su mirada…llena de desilusión… ¿cuál habrá sido su último pensamiento? …inicialmente. Luego de una breve pausa, donde se pudo observar una gran congoja en el cliente, éste relato las dos ocasiones en que sucumbió a lo que él llamo su “instinto”. La única palabra que se puede usar para describir a Anselmo es adicto. Un completo adicto al Hambre. Jamás sufrió los conflictos morales ni experimento el ciclo que aquejaban y amargaban a Gustavo. Siempre que podía, saciaba el Hambre. Su vida era un rastro de sangre que salpicaba casi todo el mapa. A su paso quedaba una estela de cuerpos y sollozos que nadie interconecto como obras de un mismo criminal. Llego el momento en que abandono toda mascara, y vivía con la simpleza de un depredador. Salvaje, amoral, voraz. La única razón de existir era experimentar el inigualable orgasmo que brindaba el saciar el Hambre. Al igual que Gustavo, paso la mayor parte de su adolescencia como un asexual. Ni siquiera el desnudo más provocativo despertaba su cuerpo, y la película pornográfica más extrema simplemente le aburría. Hasta su decimosexto cumpleaños. Una de las chicas de su escuela se propuso quebrar la aparente indiferencia del chico más apuesto de la clase. Con la excusa de que le enseñara a nadar, lo invito al lago. Anselmo accedió, completamente ajeno a las miradas lascivias que Nidya le lanzaba. Ese domingo llegaron al lago que parecía abandonado por todos los usuales. Nidya se había asegurado que nadie la interrumpiera. -Bueno- le dijo Anselmo mientras se quitaba la camisa. –Tiempo de nadar- -Claro-, dijo ella con voz picara. Con gracia y lentitud se removió la blusa y la falda, revelando un provocador traje de baño. Comenzó a caminar hacia el lago con gran malicia, para que su víctima contemplara sus glúteos. Anselmo comenzó a sudar. Una sensación rara comenzaba a subirle por el pecho. Cuando alcanzo a su estudiante, ésta se volteo y lo atrapo en sus brazos. No me digas que esto no te pone bellaco, le suspiro con voz felina mientras frotaba sus senos contra su pecho. Anselmo estaba perdido. Su respuesta fue una sonrisa nerviosa. Ella le beso con suavidad, y comprendió. Eres virgen, le dijo en voz baja mientras se quitaba la parte superior del obsceno bikini. Anselmo quedo hipnotizado frente a los senos de Nidya, quien comenzó a sobárselos mientras lo miraba con malevolencia sexual. Al ver que ya Anselmo estaba despierto, se acerco a él y sin mediar palabra, metió su mano en el pantalón del confundido muchacho. Sé que esto nunca lo olvidaras, le dijo mientras agitaba su mano. El fuego comenzó a abrazar el cuerpo de Anselmo, y segundos antes de que se descargara, lo invadió un deseo de comer. Se abalanzo contra Nidya y enterró sus dientes en el cuello de ésta. Sus gritos fueron ignorados por la quietud del desolado lago. Anselmo se dejo llevar por el deseo, y por unos 10 minutos dejo de existir. Solamente los árboles atestiguaron la masacre, y el nacimiento de un monstruo. La segunda vez fue con alguien a quien nunca ame. Ella era distinta a las anteriores…una mujer rebelde, astuta, pero pedante. Abusaba del poder que le daba el saber que era hermosa, y por eso nadie la extraño cuando dejo de ir a la universidad. Nuestra amistad surgió precisamente porque no intente llamar su atención ni conquistarla. Ella lo confundió con respeto. La realidad era que vivía constantemente asustado de mi condición, de esos horribles pensamientos, y esa nefasta sensación en mi pelvis. Ese deseo homicida que esporádicamente lanzaba un ataque contra mis defensas, contra mi fuerza de voluntad. El Hambre es un instinto diabólico. Ella era de las pocas personas de ambos géneros con las que me era posible tener una conversación inteligente sobre la influencia de Nietzsche en la teoría de Freud, y a la misma vez podía comer como un cerdo mientras gritaba improperios durante un partido de pelota. Laura jamás uso una máscara, siempre fue ella misma y le importaba poco que los demás sintieran desagrado por la sinceridad con la que vivía. Muchos pensaban que era lesbiana por su tajante rechazo a las seducciones de los varones, y la burla con que los trataba. Quizás fue mi actitud de indiferencia a sus dotes femeninos, y que nunca intente seducirla lo que la motivo a seducirme. Desafortunadamente para ella, lo hizo durante la fase más difícil del ciclo, y acabe saciando mi deseo. Como dije. Nadie la extraño. Basado en los datos adquiridos en la entrevista inicial, se llega al siguiente diagnostico: Eje I: 302.9 Parafilia No Especifica. Eje II: V71.09 Deferrido. Eje III: Deferido. Eje IV: Problemas de relaciones interpersonales. Eje V: 60 El paciente presenta un cuadro sintomatológico de vorarefilia, donde solamente puede excitarse y/o llegar al orgasmo ante la idea de consumir a otro ser humano… Las paredes de la habitación fueron los únicos testigos de la pesadilla. Su duración se extendió por agonizantes minutos, pues Anselmo desarrollo un gusto por el sadismo. Ya no era suficiente con saciar el Hambre, necesitaba causar dolor extremo a su víctima, era imperativo agregar humillación al acto. Llego a desarrollar torturas elaboradas, las cuales descarto por otras más simples y terribles. La cama estaba inundada de sangre, y mientras los restos de la mujer se enfriaban, Anselmo se bañaba con esmero. El agua caliente lo relajaba, mientras masajeaba su cuerpo con el jabón barato típico de los moteles. Las horas pasaban y la sangre se coagulaba en las sabanas, en las paredes y en el cuerpo mutilado. Una vez vestido y perfumado, tomo todo el dinero que la chica llevaba consigo, y partió en busca de una nueva víctima. Ya había olvidado la paz de la saciedad. …la prognosis en el caso del Sr. Audeliano es positiva. Requerirá de psicoterapia intensa usando el modelo cognitivo-conductual para ayudarlo a modificar su desviación sexual. Al presente, el tratamiento no incluye psicofármacos, pero es una posibilidad que se ha discutido con el cliente, el cual está de acuerdo en su uso de ser necesario. Se adentro en la discoteca, que estaba llena de una masa humana indefinible de cuerpos perfumados y alcoholizados. Las luces, la música, los bailes, todo se entremezclaba en un coctel de estimulación sensorial que pasaba desapercibida. Anselmo estaba vestido con su mejor gala, robada de la casa de su última cena. Miraba hacia todos los rincones con obsesivo detenimiento hasta que encontró lo que buscaba. La miro por meros segundos, y supo que esa ninfa que bailaba con erotismo exagerado, iba a ser suya. Se acerco a ella con pasos de zorro, hasta que la tuvo cerca y la saco a bailar. Se fue con él. No sería la primera vez. Con total confianza se monto en el auto robado, y se adentraron en la noche. Llegaron al estacionamiento de una fábrica abandonada y comenzaron a besarse con violencia. Sus lenguas aparentaban estar luchando por la supremacía. Con gran destreza la toco en los lugares correctos, y la chica se hundió en el mar del deseo. Ya no pensaba, solamente quería que se la follaran. Mientras tanto, la erección de Anselmo se hizo dolorosa, y el Hambre insoportable. Dejo de besar y enterró sus dientes en el cuello de la chica. Chorros de sangre mojaban su rostro, sus labios, sus dientes. Solamente pausaba en sus mordedoras para beber su sangre, mientras eyaculaba en sus pantalones. El grito de la ninfa se disolvió en la calma del abandonado estacionamiento. El Hambre fue saciada. Tener un diagnostico era un alivio. Se había torturando leyendo diferentes posibilidades. No, no es erotofonofilia, le dijo su terapeuta. En dicha parafilia, le dijo el profesional, la excitación proviene de la idea de asesinar o ser asesinado. Tampoco es sadismo, pues no te excita la idea de causar dolor. En la vorarefilia, el paciente es agobiado por el deseo de morder y consumir o ser consumido. De beber sangre e ingerir carne. En la forma más común el deseo se limita a la imaginación, o ver imágenes de animales comiéndose a otros, o imágenes artificiales de humanos comiéndose a otro humano. Los casos que buscan ayuda son como tú, personas agobiadas por el deseo de morder y comer para poder satisfacer el deseo sexual. Los invade un terrible sentimiento de culpa. En tu caso, padeces de una forma extrema de vorarefilia, la cual al presente estoy convencido que podemos controlar sin fármacos, concluyo el experimentado psicoterapeuta. -Solo por curiosidad doctor-, interrumpió Geraldo. - ¿Hay mujeres que padezcan esta condición?- - Si, pero al igual que con los hombres, se desconoce la prevalencia-. Al inicio, Anselmo procuraba ocultar sus actos, temeroso no de ser atrapado, sino de verse impedido de continuar satisfaciendo su ansia sexual. Con atención casi neurótica a los detalles, planificaba cada uno de los elementos necesarios para satisfacer el Hambre. Sin embargo, a medida que se acumulaban los cuerpos y aumentaba su violencia y sadismo, menos le importaron los detalles. Llego el momento en que solamente procuraba elegir la cabaña más alejada del motel, o algún paraje solitario visitado por amantes sin dinero, o adictos desesperados. Abandono toda presunción de humanidad, viviendo como nómada, sin un pasado ni un futuro. En un estado de presente perpetuo, donde su única preocupación era de vivir cada día como si fuera el único. Sus víctimas eran su fuente de dinero, lo cual le simplificaba la vida. Se apoderaba de sus autos por el tiempo que fuera necesario, y en muchas ocasiones se quedo viviendo en las casas de las solteronas desesperadas que conquistaba. Jamás permanecía más de tres días en un pueblo o ciudad, y nunca pasaban más de cinco sin que satisficiera el deseo imperioso del Hambre. Cuando llego a la edad de 24 años, ya no era humano. Simplemente se había tornado en un ser cruel que vivía para y por el Hambre. Ante los demás era un hombre apuesto, elegante, lleno de astucia, maña e inteligencia. Donde quiera que formara una conversación, se ganaba amigos y admiradores. Su cuerpo junto a su carisma era un imán para las mujeres de todas las edades. Manejaba las palabras y los hechos con tal agilidad, y manipulaba a todos con tanta sencillez, que llego a sentir desdén por todos con los que interactuaba. Los consideraba seres inferiores, masas de carne mediocres que desperdiciaban sus vidas. Simples instrumentos para alcanzar diversos fines. Mientras tanto, las muertes continuaban acumulándose. Luego de casi una década en el exilio, Gustavo regreso a su ciudad natal con el propósito de comenzar una nueva vida. Llevaba meses sin sentir el Hambre, lo cual le brindaba cierto grado de serenidad. Pero no se fiaba. La paz siempre precedía el deseo. Buscando algo que le ayudara a contenerse, a manejar de manera preventiva su libido, encontró un grupo de Adictos al Sexo Anónimos. Eso le basto. Del mismo modo comenzó a buscar ayuda psicológica, pero no estaba seguro de que alguien pudiera comprender su angustia. Dudaba si lo suyo realmente pudiera ser tratado con psicoterapia. Por otro lado, le preocupaba la posibilidad de que lo internaran si revelaba su desviación sexual. Así que luego de mucho ponderarlo, desistió de la idea. A pesar de la macabra situación económica, actualizo su resume, seguro que impresionaría a todos. Inundo la ciudad con miles de copias, y para su sorpresa lo llamaron de varios lugares. Su fe y su exageración fueron recompensadas. En menos de una semana se encontraba en la lista de los bendecidos, trabajando en lo que le gustaba y apasionaba. Su vida estaba tomando un rumbo de éxito y felicidad. Las reuniones al grupo de apoyo le brindaron la calma del que se siente comprendido. Sus nuevas amistades en el trabajo le brindaban el bálsamo social que todo humano necesita. Estaba comenzando a sentir verdadera felicidad. Hasta que se tropezó con Lucia. Una mujer de ojos color azul celeste, y rizos negros. La primera vez que cruzaron miradas fue en una conferencia. Una mirada hermosa, llena de sinceridad, la cual lo atrapo en un instante. La atracción fue mutua, y en cuanto el conferenciante concluyo la charla, se buscaron. Pero Gustavo llevaba mucho tiempo sin interactuar con una mujer, y ya estaba olvidando las gracias necesarias para resultar interesante. Ella tuvo que tomar el papel de cazadora, para poder entrar al mundo de ese hombre tan particular, al cual ella deseaba conquistar. Trataba de evitarla, sin resultar obvio que le asustaba estar cerca de ella. Sin embargo, Lucia era persistente, como toda mujer que se propone conquistar a un hombre. Como buena detective, escarbo en los lugares correctos, y supo que el era nativo del pueblo, pero que llevaba varios años viviendo en el exterior. Que era extrovertido, pero que se tornaba en un gatito tímido en la compañía de mujeres. Voy a quebrar esa barrera, le dijo un día a sus amigas. Todas la apoyaron. Si en algo estaban de acuerdo, era que Gustavo necesitaba de una mujer. Un día caluroso de septiembre, lo invito a comer. Mientras acordaban los detalles, el resto de la oficina observaba incrédulos. Luego de semanas observando la patética danza, finalmente uno de los dos tuvo el valor de dar el siguiente paso. Salieron del trabajo y cruzaron la calle al restaurant que todos recomendaban. Comieron en silencio por varios minutos, hasta que movida por la incomodidad, ella comenzó hablar. -Eres muy callado-, le dijo ella mientras el masticaba un pedacito del jugoso filete. Trago con dificultad, y luego de sorber un poco de vino le contesto. -Me pones nervioso-. Y no exageraba. El estar junto a ella lo abrumaba, lo inundaba de deseos y fantasías. Contemplaba un futuro donde finalmente pudiera estar con una mujer sin necesitar mutilarla para poder satisfacerse. Trataba de pensar en una vida donde pudiera enamorarse, y ser feliz. Un futuro donde finalmente se encontraba libre del Hambre. Pero el miedo le desgarraba sus ilusiones sin ninguna misericordia, y se dedico a poner barreras, a tratar de alejarla, de ahuyentarla. Ignoraba la naturaleza testaruda de Lucia, quien tomaba estas actitudes como parte de un juego, en el cual ella creía firmemente, iba a ser la ganadora. Era Noche de Brujas. Todos los jóvenes de mente y cuerpo fueron al bosque, a participar de una fiesta pagana. Una celebración para la realización de todas las fantasías imaginables. Anselmo llevaba semanas en el pueblo, examinando a todas las mujeres del pueblo. Ninguna le llamaba la atención. Estuvo a punto de marcharse, hasta que diviso una hermosa joven, de la cual emanaban marejadas de inseguridad. Se acerco a ella, sonriéndole, hablándole de lo hermoso de su mirada, de lo increíble de sus labios, de lo maravilloso de su existencia. Masajeo la microscopia autoestima de la joven, lo que hizo más sencillo el manipularla. Fueron juntos a la fiesta del bosque. Ahí bebieron, bailaron, y se drogaron. Cuando todos comenzaron a desnudarse, Anselmo la llevo lejos. No amor, le dijo, nadie merece verte desnuda, ese privilegio es mío. Y con esas palabras la convenció de que le entregara su virginidad. Rodeada de árboles, sintió por primera vez el placer en manos que no eran las suyas. Luego varios minutos, Anselmo escondió su rostro entre las piernas de la chica, para invadir sus labios vaginales con su lengua. La muchacha cerró los ojos y comenzó a gemir mientras le agarraba los cabellos a su amante, para asegurarse de que no se escapara. Su agilidad era maquiavélica. La chica ya no podía tener ningún pensamiento coherente, la invadía la angustia de la proximidad del orgasmo. El grito fue ahogado por la algarabía de la orgía pagana. Trato de sacárselo de entre las piernas, pero él se aferraba como fiera. Finalmente la dejo ir. Llorando silenciosamente, se deslizo hasta caer al suelo. Coloco sus manos en su mutilada feminidad, su mente llena de terror. Alzo la mirada ahogada en lágrimas, y contemplo el rostro ensangrentado de su amante. - Por alguna razón, el causar dolor aumenta el placer-. - Por favor…- Con el corazón quebrado, ella descubrió que no es posible razonar con una bestia. Lucia gano. Como se lo había propuesto, quebró todas las barreras de Gustavo. Cuando comenzaron a salir formalmente, todos en la oficina se regocijaron y hasta celebraron. Su relación era perfecta, pues eran afines en casi todo. Y una tarde, ella decidió descubrir si esa química se extendía a lo sexual. Lo invito a su casa, donde cenaron plácidamente frente a la chimenea, mientras intercambiaban miradas juguetonas y frases melosas. Al concluir la cena, comenzó la danza de la seducción. Estaban sentados en el sofá, Gustavo se encontraba inmerso en las palabras de Lucia, quien con sutiliza comenzó acariciarle el brazo. Poco a poco las palabras de Lucia fueron cambiando, hasta que se transformaron en pura sensualidad. Se aproximo a él, mirándolo con lujuria, y lo beso. Un beso tierno que fue cobrando fuerza hasta volverse un volcán. Gustavo correspondía, apretándola contra su cuerpo, metiendo su lengua dentro de la boca de ella. Se estaba excitando, y al mismo tiempo, estaba aterrado. Sin ninguna advertencia, llegaron imágenes horripilantes a la mente de Gustavo. Imágenes que lo perturbaron y quebraron la magia del momento. Trato de ignorarlas, pero le resulto imposible. Cada segundo que pasaba la agonía era mayor, y el deseo de arrancarle el cuello lo mareaba. No pudo más, se puso de pie con tanta rapidez que Lucia cayó al suelo. - No puedo, no puedo, tengo que irme-. Dejo de ir al trabajo. Se reporto enfermo, y no mentía. Luego de tantos meses, el Hambre había regresado. Si la veía, iba a llevarla a un lugar solitario y matarla. Así que decidió encerrarse y tratar de calmar su destructivo deseo. Los días pasaban y su voluntad se debilitaba. Entre más luchaba contra el deseo, más poderoso éste se hacía. Intento usar a su padrino, pero lo que hizo fue empeorar las cosas. Finalmente no pudo más, el Hambre se apodero de todos sus pensamientos. Se encamino a la zona roja del pueblo, si iba a complacerse lo haría con una desconocida. Tomo a una prostituta que aparentaba ser novata y que de seguro le faltaban unos años para ser adulta. No le importaba. Necesitaba liberar su libido o enloquecer. Así que con promesas de mucho dinero, la convenció de ir al monte. La agarro y comenzó a besarla, a pasar sus manos por todos los rincones del cuerpo diminuto y joven. Ella simplemente se dejaba manosear, intimidada por la intensidad de su cliente. La mordió en el hombro con salvajismo, desgarrando inmediatamente varios músculos y tendones. Pero los gritos de la chica lo despertaron. Como emergiendo de una pesadilla, la libero. Se puso de pie mientras limpiaba la sangre de su rostro. Miro a la aterrada muchachita y le lanzo un billete de cien. Olvídate de mi rostro, le dijo mientras se subía los pantalones. Se monto en su carro y se alejo como perseguido por las ostas del infierno. Cuando llego a su nuevo destino, Anselmo pensó que había llegado a un show de fenómenos. Era el pueblo con los habitantes más feos que había visto en sus viajes. Donde quiera que mirara sólo encontraba gente desaliñada y horrible. Iba a montarse en su nuevo vehículo, cuando diviso un grupo de jóvenes. Donde hay jóvenes, siempre hay belleza. Pregunto a una anciana donde los adolescentes y adultos jóvenes iban a divertirse, y fue dirigido a una discoteca en las afueras del pueblo. Llego temprano y se sorprendió de que ya estuviera lleno. Fue abordado por una mujer hermosísima. Era la primera vez, pero no le importo. Tan alta como él, con curvas maduras, y pechos voluminosos. De mirada penetrante y labios sensuales, era realmente la más hermosa que había conocido. Iba a ser una cena increíble. Bailaron toda la noche, seduciéndose con las miradas. Cuando cerraron el local ella lo llevo a su casa. Comenzaron en la sala, donde se desnudaron con rapidez. No le dio tiempo a que la contemplara, inmediatamente comenzó a devorarlo a besos, mientras lo masturbaba con la mano izquierda. El tardo en reaccionar, la iniciativa que ella mostraba era inusual. Una vez repuesto de su sorpresa inicial, comenzó a masturbarla con su mano derecha, mientras que con la izquierda le agarraba la cabeza. Ven a mi dormitorio, le dijo entre besos. Cuando llegaron a la habitación ella coloco un CD. Era “Bring Back The Bomb” de Gwar. - ¿Te gusta el metal?- La miro fijo a los ojos, su confusión renovada. Definitivamente no se comportaba como las mujeres que usualmente mataba, pero no importaba lo estrambótica que era, eso simplemente aumentaría el placer cuando la torturara. - Nunca había follado con “soundtrack”. - ¿Follado? Amor aquí se dice “meter”. Fueron a la cama, donde prosiguieron con la danza erótica. Ambos estaban movidos por el desespero de la excitación. Sus movimientos y caricias siguieron el ritmo de la música: salvajes, incoherentes, brutales. El cuarto olía a puro erotismo. Ella estaba inundad de fluidos de lo excitada que estaba, y él ya no aguantaba su erección. Estaban en un punto de excitación delirante, pero como glotones deseaban alargar el juego pre-coital. Sin perder el ritmo que llevaban, ella comenzó a brindarle una celestial felación, alternando la succión con lengüetazos. Con movimientos artísticos de la cabeza que aumentaba el placer del masaje bucal. Te jodiste cabrona, pensó Anselmo cuando ya estaba dispuesto a consumirla. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un apabullante dolor que subía por su cuerpo y envió señales de alarma a su cerebro. No grito, pues jamás había sentido semejante dolor. Confundido abrió los ojos y la miro a ella, con la cara ensangrentada y el pene aun en su boca. Lo escupió y lo agarro por el cuello con una fuerza inhumana. - Te encontré cabrón-. Antes de su primera cita con el psicólogo, llamo a Lucia. Mientras marcaba los dígitos, su corazón le gritaba que colgara, que ella jamás lo iba a perdonar, que mejor se resignara a vivir como nació, solo. Pero ya estaba cansado de tanto esconderse, de vivir detrás de incontables fachadas. En especial, necesitaba amar, necesitaba alguien en su vida. Ya la soledad era inaguantable. Cuando escucho la voz de su amada, sintió miedo y por unos segundos estuvo a punto de colgar. Ella iba a cuestionarle muchas cosas, y aun no estaba listo para explicar muchas de ellas. Pero se obligo hablarle. La amaba, y necesitaba decirle algo, menos la verdad. - Sé que estas confundida, y enojada. No me excusare, pues reconozco mi falta, pero si te diré que soy un adicto en recuperación. Que mi condición me aterra, y en parte por eso soy un solitario. Solía pensar que podía luchar solo…y ya comprendo que me engañaba. Que me escondía en la ilusión de la represión y de la negación. Por eso esa noche…por eso hui esa noche. Aun no estoy listo para intimar. Necesito que me apoyes, por favor, necesito que me ayudes en este proceso. Ese día al terminar su cuarta sesión terapéutica, su ánimo transmuto de manera radical. Después de toda una vida de sentirse en lo más profundo de una fosa de dolor y angustia, ahora realmente le era posible ver la luz al final del túnel. Sentir el aire fresco y limpio de la libertad. Ya no lo asfixiaba el miedo ni los recuerdos. Ya su pesimismo finalmente retrocedió al infierno de dónde provino. Su rostro estaba adornado con una expresión de gozo, paz y alivio que pensaba olvidados. Hasta su andar cambio. Se notaba dignidad, seguridad, y total confianza en el mañana. Reflexiono que era imperativo hacer algo distinto esa tarde, así que fue al mercado. Fue al área de las carnes donde estuvo demasiados minutos explorando, discriminando, buscando el perfecto corte de bistec, hasta que dio con lo que su mente apetecía. Luego busco unas papas y diversos vegetales, junto a una diminuta pero costosísima botella de aceite puro de oliva. Finalmente fue a los vinos, y agarro una botella de Merlot. Una vez en su casa, condimento la carne con diversas especias para darle un sabor confuso pero delirante a la carne. Mientras esta se cocinaba, preparo un voluminoso plato con las papas y los vegetales. Finalmente, cuando la carne estaba a punto de terminar, preparo una suculenta salsa con leche de coco. Fue a la sala y reacomodo la mesa, para cuando se sentara pudiera contemplar la majestuosidad del océano. El azul turquesa lo enamoraba, y las olas lo relajaban como ninguna otra cosa. Encendió varias varitas de incienso de canela, y coloco el CD de Agalloch. Eligio su canción favorita “The Hawthorne Passage”. Finalmente, tomo asiento rodeado del aroma a canela, y su cena. Miro por varios minutos al océano, y comenzó a comer su suma delicadeza, mientras reflexionaba en la última línea de la canción, “Que bonito es mentir”. Iván J. Vázquez Torres © NOTA ACLARATORIA: La vorarefilia y la erotofonofilia, no son reconocidas como parafilias oficiales por ninguna de las organizaciones profesionales de salud mental de USA, Europa y America Latina. Sin embargo, existen grupos en Internet de gente que dice padecer esta y otras parafilias “no oficiales”. En el caso especifico de la vorarefilia, quienes la padecen, son personas cuya fantasía sexual, es ser consumidos, o consumir a otro ser humano. La mayoría lo deja en el plano de la fantasía, usando desde imágenes de animales comiéndose a otros animales, o imágenes generadas por computadora de canibalismo. Solamente hay un caso reportado de alguien que lo llevo a la realidad, y hasta hay una película (que no he visto) sobre el caso.

martes, mayo 11, 2010

LOS DEDOS


Fue con sus diestros dedos que capturo su atención. Un consumado arquitecto de escultura en barro, que despertaba admiración en todos. Fue con esos mismos dedos, que la embrujo con su habilidad en el piano. Si, realmente era un genio. Con sus dedos le acaricio la mano antes de tomársela, y dirigirla por el hermoso valle del amor. Suaves, sorprendentemente suaves para un hombre que mostraba la capacidad de trabajar en todo. Y con esos dedos, trazo una línea por su lozano rostro, llenándola de suspiros y magia, de incertidumbre y deseos. Era una locura lo que amenazaba con devorarla si no hallaba una excusa para visitarlo o invitarlo a lo que fuese.

Con sus dedos, le tomo el mentón y la acerco a él. Con este gesto sellaban algo que sus latidos proscribían nombrar, por temor a perderlo. La beso. Suave como amanecer, dulce como la juventud. Sus labios atraparon los de ella, transformando el acto en desorden deseado. En una eternidad, sus almas se fusionaron mientras sus labios proseguían el masaje amoroso. Y mientras el beso se extendía, sus dedos la forraron de caricias tersas, las cuales ella iba guardando en su mente.

Con sus dedos, él pintaba mini-cuadros que le regalaba como si fueran parte de su ser. Paisajes utópicos que revelaban un alma noble y amorosa. Con sus dedos la ayudaba a relajarse con masajes extensos, mismos que ella aprendió a reciprocar. La llama de sus mimos era inextinguible.

Un día, sus dedos cruzaron el valle de su espalda, y con total certeza, la acerco a él. Su beso era uno ansioso y meloso, lleno de anticipación. Con sus dedos acaricio sus senos, que eran suaves y jugosos. Sus pulgares causaban descargas eróticas en ambos pezones, y ella se negaba a abrir los ojos. Con sus dedos, él fue trazando un camino desde su pecho hacia su pelvis, enviando señales lujuriosas por el cuerpo de su amada, hasta que llego a su meta. Y con sus dedos, comenzó a masajear su ya humedecida feminidad. Toques suaves. Toques lentos y serenos que luego se trasformaban en desesperados. Toques circulares que embadurnaban esos mágicos dedos en fluidos de ansiedad, hasta que finalmente el desespero la llevo a gritar que se dejara de pendejases y se lo metiera. Que la hiciera suya, que le entregara por completo eso que llevaba atrapado en sus pantalones. Que se lo iba a chupar, que lo iba a montar como nadie lo había hecho. Simplemente que se la follara como una bestia. Se amaron, se consumieron, se vinieron.

El tiempo paso, y con esos mismos dedos que tanto la hicieron amar, un día él la estrangulo.

I.J. Vázquez Torres ©