martes, mayo 10, 2011

La Oficina

Estaba hastiado de tanta ingratitud y de que sus esfuerzos fueran constante y completamente descartados. Cada día era un martirio detrás del otro, lleno de injurias difíciles de olvidar. Sin embargo le faltaba voluntad, además de carecer de la autoestima suficiente para quejarse, mucho menos darse a respetar. Así que guardaba silencio en todo momento, mientras su jefe iba dictándole las instrucciones del nuevo día como si fuera una receta de cocina, aprovechando la oportunidad para recordarle sus errores junto a sus mediocridades. Esto es insultante, pensaba cuando escuchaba sus supuestas insuficiencias. ¿Acaso todo lo que hago es basura? Su jefe, al notar que su empleado no estaba totalmente presente, le grito con total malicia en el oído. El brinco de su cobarde empleado fue tal, que desato un ataque de risas en el tirano. Un sonido áspero y flemoso, secuelas de los palillos de cáncer que consumía como si no hubiera un mañana.
Que buen cabrón es, pensaba al tiempo que trataba de aquietar sus salvajes latidos. Siempre lo mismo, se repetía mientras lo miraba con desdén, cuestionándose porque se acobardaba ante su presencia. Mientras tanto, el dictador tomo asiento al tiempo que le indicaba con el dedo que se acercara. Un gesto descortés que le incomodo con mayor intensidad que en otras ocasiones. En los años que llevaba en la empresa, nunca lo invitaba a sentarse. Lo trataba como se retrataba, como un gusano sin voluntad que no era merecedor de un trato cortés.
Con cada paso se preguntaba cual era la razón para su mansedumbre enfermiza, recordándose a sí mismo que él era un profesional, que era dueño de un resume deslumbrante. Que alguien con su preparación y su experiencia debía estar sentado en la silla de supervisor, repartiendo instrucciones. Pero la verdad era otra. La verdad era que vivía humillado continuamente por un troglodita que se enorgullecía de a penas tener un cuarto año. Se detuvo detrás de su jefe, como ya estaba acostumbrado, y continuo escuchando la lista de deberes que le esperaba.
-Oye atentamente, ya sabes lo mucho que me enoja tener que repetirte las cosas-. Sin tomar aire comenzó a detallar cada paso de las funciones que tenía que realizar ese día. Cada instrucción estaba acompañada por algún sarcasmo dirigido a su preparación académica, o recordarle que era un mero empleado de línea. Nuevamente una oleada de ansiedad empezó a subirle por la espalda, llenándolo de diminutos calambres, como si millones de insectos le estuvieran caminando por la piel. Necesitaba dejar de mirarlo si iba controlar la angustia que le mordía el alma, así que desvió su mirada al escritorio. Inmediatamente fue atraído por un objeto que por su belleza sobresalía del desorden que le rodeaba. Era una tijera.
La contemplo como si fuera la primera vez en su vida que miraba una tijera, como si fuera un objeto misterioso y enigmático. La observaba con total concentración, admirando el mango de plástico color azul marino, el largo y filoso metal. La tijera estaba inmaculada, revelando que nunca había sido usada. Además de abusador, su supervisor era una bestia. Cada vez que necesitaba cortar algo, prefería usar sus manos o gritarle a la diminuta secretaria.
Repentinamente, su corazón retorno al ritmo tormentoso de hacia unos minutos. Gruesas gotas de sudor le empezaron a mojar la espalda, mientras sentía una presión agobiante en el cuello. Miro a su odiado patrón, con la cara mal afeitada y los oídos llenos de cerilla. Esto es lo que me supervisa, pensó con asco. Un cerdo, un gran cerdo es lo que me supervisa.
Miro nuevamente la tijera, pensando que los metales eran inusualmente largos. Tan largos que si las enterrara en un cuello, lo atravesaría por completo. Regresó la mirada a su jefe, y examino detenidamente su cuello. Era delgado, sin tono muscular, con una diminuta línea de sucio adornándolo como si fuese un collar. Además de ignorante y puerco, su patrón era un debilucho que rehuía de todo esfuerzo físico.
El sudor brotaba con mayor intensidad, humedeciéndole los cabellos y quemándole los ojos. Trato de respirar con normalidad, pero le resultaba imposible. Los músculos de su cuello y su boca se endurecieron, al tiempo que trataba de ignorar los gruñidos de su estomago. Nuevamente dirigió su mirada hacia las hermosas tijeras, al tiempo que escuchaba a su jefe decir
-A ver si está vez haces bien tu trabajo, pedazo de mierda-.
Agarro las tijeras y las enterró en el cuello flacucho de su verdugo con tal fuerza que lo atravesó por completo. Un chorro gigantesco de color carmesí emergió de la letal herida, mojando todos los documentos del escritorio y las paredes circundantes. El agonizante comenzó a sacudirse, lleno de terror y dolor, produciendo una danza macabra que hizo reír al asesino. Bailo en su asiento por varios minutos hasta que finalmente quedo quieto, con la mirada de desesperación tallada en su rostro. Un mar de sangre manchaba todo el escritorio, inundando la oficina con un olor metálico. Se acerco para poder mirarlo con detenimiento, para admirar los resultados de su acción. Finalmente había descargado el rencor de tres años en un segundo, lo cual desato un ataque de risa, misma que paró en seco cuando su jefe lo llamo a gritos
-¡Gómez! ¡Gómez! Mierda Gómez, ¿otra vez soñando despierto? Joder hombre no en balde eres un inútil-
Perplejo, observo como las tijeras se movían mientras hablaba, y como más sangre brotaba de la boca del difunto. Cerró los ojos aterrado. El mundo intentaba escapársele, mientras una bola de ácido le subía por el estomago. Lucho para no vomitar, mientras se mojaba constantemente los labios para aliviar la resequedad de los mismos. Sus manos no paraban de temblar, y su corazón amenazaba con romperle el pecho.
Abrió los ojos, y ahí estaba el cerdo, vivo, mirándolo con repugnancia. No había ni una sola gota de sangre en todo el escritorio ni en las paredes. Con gran desespero busco con la mirada pero no encontró la tijera.
-Gómez, váyase a su casa. Creo que hoy no está en disposición de trabajar-.
Asintió con la cabeza, sintiendo como la derrota lo aplastaba. Dio media vuelta y se alejo, arrastrando los pies. Cuando estuvo en el umbral de la puerta escucho el chillo de su jefe pidiéndole que le devolviera su tijera. Se detuvo, el pánico subiendo por su pecho al tiempo que miraba su mano izquierda. Ahí, envuelta en sus dedos estaba la hermosa tijera con el mango azul marino.
-Es para hoy Gómez, vamos muévase ¿o necesita que le explique que significa que me devuelva la tijera?-.
-Si Pérez- contesto sin emoción, -le voy a devolver su tijera-.

Iván J. Vázquez Torres ©

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