Cuando cerró la puerta, se pregunto a sí mismo si el día de hoy sería una repetición de las sesiones anteriores. Llevaba cuatro semanas atendiendo el caso que le hizo cuestionarse los parámetros de su profesión. ¿Realmente la empatía iba ayudar a que su cliente mejorará? ¿Era posible salvar esa alma con tan sólo fe en sus fortalezas? En la universidad le enseñaron a seguir sin cuestionar el dogma de Carl Rogers. Como evangelio le leyeron y le inculcaron la idea de que la aceptación incondicional junto a la empatía, funcionarían como bálsamo bendecido, y que todo cliente elegiría salir de su prisión psicológica. Y como feligrés ingenuo, lo tomo e integro a su vida como verdad absoluta e infalible. Hasta que inicio el proceso de terapia con Adele. Una dama de edad incierta y que aparentaba haber sido abandonada por las emociones. Alta, de cabellos abundantes y mirada despótica. Era difícil que hablara sin que hiciera alguna mueca, lo cual a veces distraía al experimentado psicólogo. Cuando Adele se sentó por primera vez en la butaca, lo miro fijo mientras le decía que no sabía por qué tenía que hablarle. Fue desagrado a primera vista, sin embargo su profesión le ordenaba que mirara más allá de la prepotencia.
Se miraron por varios minutos. Ella aparentaba total desinterés, y él se negaba a participar de su juego. Si deseaba silencio, se lo iba a otorgar. Cuando finalmente hablo, fue para hacerle el mismo comentario que llevaba haciendo por las últimas cuatro semanas.
- Me encanta tu sortija-. Un comentario que inicialmente ignoro por completo. Pero la intensidad del interés, y la insistencia por saber donde la había obtenido, lo llevo de la incomodidad hacia el desprecio.
-Adele, ¿Qué significa para ti la sortija-. Su intención era tornar en material terapéutico el interés casi enfermizo en su sortija. Adele era distinta a las demás pacientes. No le interesaba mucho el buscar alternativas ni explorar nuevos caminos. De los 50 minutos de la sesión perdía entre 5 y 6 minutos en negarse hablar, para luego perder otros 10 hablando de la sortija. El resto de la sesión se movía con asfixiante lentitud en un ejercicio de futilidad. Ella aparentaba moverse hacia adelante, pero cuando se percataba que estaba abriéndose, se tornaba hostil y exigente. Pero se negaba a claudicar, aun cuando estaba comenzando a perder la fe en el todopoderoso Rogers.
Ella guardo silencio, mirándolo fijamente con total desagrado. Aun estaba resentida por la sugerencia tan espantosa que le hizo en la sesión anterior. Tal vez, le dijo él, los demás están reaccionando a tu lenguaje corporal. Fue como una bofetada, pero guardo silencio. No iba a permitirse demostrar incomodidad ante su terapeuta.
-¿Qué significa la sortija para mí? ¿Qué pregunta es esa? Me gusta, nunca he visto una como la suya. Es un artefacto de lo más original. ¡Y mire que me he matado buscando una igual!-
Eso lo tomo por sorpresa. Se acomodo en su butaca y evitando revelar su molestia le pregunto a donde había ido a buscarla. A cuanta joyería hay en la ciudad, contesto ella sin ninguna emotividad. Mientras la escuchaba comenzó a sentirse caliente. La miro detenidamente, tratando de vislumbrar si Adele estaba bromeando, o si realmente llevaba un mes buscando una sortija idéntica a la suya.
-No pensé que te gustara tanto-, le dijo tratando de canalizar su desagrado.
-¿Gustarme? Me fascina. Es el pedazo de joyería más original que he visto. Y yo quiero una como la suya. No voy a parar hasta que la encuentre, y aunque tenga que sobregirar mis tarjetas de crédito, la voy a comprar-. Increíble, pensó mientras las palabras entraban en su mente. Y fue en ese instante que comprendió realmente la magnitud de la situación. Tantas preguntas raras, tantos comentarios, ella llevaba todo este tiempo tratando de averiguar donde él había comprado la sortija sin tener que preguntarle directamente.
-Hubiera sido más fácil preguntarme directamente donde la compre-.
Con una sonrisa sarcástica, ella le contesto que así no era divertido. Se miraron fijamente en silencio por varios minutos, en los cuales el calor se torno intenso. Miro su sortija y luego la miro a ella. Ahí, sentada en su silla como si fuera todopoderosa, haciéndole perder su tiempo. Se puso de pie y comenzó a gritarle. A decirle lo patética que era, que por alguna razón todos la habían abandonado. Que mejor abandonara toda esperanza de reconciliarse con sus hijos y fuera ahorrando dinero para mudarse a una egida en cuanto tuviera la edad. Que se preparara a una vejez en soledad.
Caminaba por la oficina con una ansiedad amenazante, enredando las vocales y confundiendo las palabras. Gesticulaba con las manos como si estuviera recibiendo descargas eléctricas, tropezándose con el aire. Llego el momento en que dejo de hacer sentido lo que decía, así que se sentó. Se aflojo la corbata para aliviar la presión que sentía en su garganta. Respiro profundo varias veces mientras se desabotonaba los primeros tres botones de su camisa. El silencio lo apretaba, haciéndole competencia al calor.
-Luis, ¿cómo te sientes ahora?- La miro como si fuese la primera vez que la veía. Confundido, miro a su alrededor, y se percato que no estaba en su oficina. La miro a ella y por alguna razón le miro las manos. Ahí, en el dedo índice, estaba su sortija. Se miro las manos, y noto que no llevaba la suya.
-Quiero que me devuelvas mi sortija-, le dijo con malevolencia en la voz. Ella toco un botón y entraron dos enfermeros gigantescos. Uno de ellos le toco delicadamente el hombro mientras lo invitaba a regresar a su cuarto.
La doctora entre al cuarto contiguo a su oficina. Ahí estaban sus estudiantes que estuvieron mirando todo por el cristal unidireccional. La primera pregunta que le hicieron fue sobre el origen del delirio del paciente. Esta les contesto que Luis fue un profesional de la salud mental.
-Entonces-, interrumpió uno, -¿de verdad él era sicólogo?-
La doctora bajo la mirada. Su corazón se inundo de lastima y dolor mientras recordaba cuando su colega era dueño de sus facultades, antes del derrumbe total de su psique. Antes de que se creara un mundo alterno de donde se negaba a salir, y ella era simplemente un fantasma más que adornaba su delirio.
-Sí. Luis era psicólogo. Estudiamos juntos y compartimos una oficina por varios años-.
-¿Qué le paso?- le pregunto la única fémina del grupo.
Consciente de que violentaba los principios de privacidad, les contesto que un día sin razón aparente, asesino a una paciente de la forma más salvaje posible. Cuando los enfermeros entraron en la oficina, lo vieron sentado en su butaca, bañado en sangre y hablando solo, mientras jugaba con una sortija, que le había quitado a la occisa. ¿La paciente se llamaba Adele?, le pregunto uno de los estudiantes. Lo miro fijo a los ojos, y luchando contra las lágrimas le contesto
-Adele era la hija de Luis. Llevaba meses desaparecida…la sortija que le quito a la paciente, era de ella-.
Iván J. Vázquez Torres ©
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