martes, mayo 11, 2010

DESEO LLEGAR:



Mientras caminaba, mi mente divagaba por recuerdos de diversas épocas de mi vida. La concentración era tal que no advertí que estaba anocheciendo, y que alejaba cada vez más de mi hogar. Fue el frío lo que me despertó, y me hizo tomar conciencia que era de noche.

Proseguí mi camino. El silencio era penetrante, y la soledad asfixiante. Los árboles asumían una fealdad ante la luz de las estrellas, y todo a mí alrededor gemía lamentos de un día que terminaba. “Atrechare por aquí” dije en voz alta, tal vez para callar el silencio. Mientras me adentraba por el camino, sentí unos pasos. Mire por encima de mi hombro, y solamente estaba el camino. Sin pensarlo dos veces proseguí la marcha. Necesitaba regresar a donde me esperaban.

Luego de varios minutos, volví a escuchar esos pasos. Decidí no mirar pero eran tan claros, y tan firmes, que volví a mirar. Nada. “Creo que el silencio te esta haciendo alucinar”. Regrese mis ojos al camino. Era largo, dando la impresión que se alargaba hasta el infinito. Tanto a mi izquierda como a mi derecha, se erguían hileras de árboles, que daban la sensación de ahogo. Feos en su totalidad. La carencia de hojas, y la deformidad de sus ramas brindaban una sensación funesta en el corazón. El suelo sucio y maltratado por las pisadas, lleno de grietas y basura.

De nuevo las pisadas, pero en esta ocasión yo estaba detenido mirando los dichosos árboles. Mi corazón comenzó a palpitar, aunque hacia frío, empecé a sudar. Perdí la curiosidad y proseguí mi camino. “Falta poco para llegar, falta poco.” Me mentía, tratando de calmar mi corazón. Y las pisadas aumentaban su velocidad. ¡Me iba alcanzar!

De un brinco me voltee para enfrentar a quien estuviera cazándome, y nuevamente nada. “¿¡Dónde estas!? ¡COBARDE!”. Empecé a correr, ya me arrepentí de tomar este atajo. Mire el reloj, eran las 11:58 de la noche. “Tengo que llegar, tengo que llegar, tengo que llegar.” Las pisadas comenzaron a correr, pero a un ritmo menor que el mío. Como si careciera de urgencia, mofándose de mi miedo. Me carcomía la rabia, una rabia que se mezclaba con miedo. ¿Tan confiado estaba de alcanzarme? Tratando de tomarlo por sorpresa, me metí por medio de los árboles con la intención de rodearlo y brincarle por detrás, pero me perdí. “Maldición”. Tome un respiro, cerré los ojos. Me metí por el lado izquierdo del camino, si sigo caminando saldré por… ¿por dónde? Se me escapaba de la mente. Mi reflexión fue interrumpida por el sonido de ramas moviéndose. ¡Me sigue!

Camine con prisa renovada. Las ramas me golpeaban la cara, la prisa me movía, desesperado hasta que emergí de los árboles. Llegue a un cementerio de recién apertura, y como era de esperar, completamente vacío. Proseguí la marcha, hasta que nuevamente esas odiosas pisadas. Corrí de nuevo. Huyendo no se de que o de quien. “¡QUIERO LLEGAR! ¡DEJAME! ¡QUIERO LLEGAR!” Me tropecé con una lapida y caí, golpeándome la cabeza. Las pisadas se acercaban. El dolor y la fatiga no me dejaban levantar. Mil ideas corrían por mi mente. Sentí como me ardían los pulmones, y esas malditas pisadas. Eran más claras, y estaba claro que estaban más cerca. “No, no puede ser”, pensaba a la vez que el dueño de las pisadas se aproximaba un poco más, con suma calma. “Déjame”, suspire, “quiero llegar”. Finalmente las pisadas se detuvieron a mi lado. Vi unos pies, ¿por qué andaba descalzo? Eran hermosos, y sumamente limpios. “Déjame, ¿por qué? Sólo deseo llegar.” Una voz clara y hermosa me respondió “pero tú eres el que no me deja llevarte”.

Estaba de pie. No recuerdo haberme levantado del suelo. Enfrente de mi había una lapida con mi nombre…

Mientras caminaba, mi mente divagaba por recuerdos de diversas épocas de mi vida. La concentración era tal que no advertí que estaba anocheciendo, y que alejaba cada vez más de mi hogar. Fue el frío lo que me despertó, y me hizo tomar conciencia que era de noche…

I.J. Vázquez Torres ©

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